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jueves, 14 de marzo de 2013

El Papa pidió a los argentinos no viajar a su entronación y donar el dinero a los pobres




El papa Francisco pidió hoy a los argentinos que en lugar de ir a Roma para el inicio de su pontificado, el próximo martes 19 de marzo, donen el dinero que esos gastos acarrearían a algún gesto de caridad hacia los más necesitados.

Jorge Bergoglio agradeció las expresiones de cariño y afecto recibidas por su proclamación pontificia, mediante un telegrama que fue enviada por el flamante pontífice al nuncio apostólico, monseñor Emil Paul Tscherrig, quien se la remitió a los obispos de todo el país.

Fuentes eclesiásticas confirmaron que el vicario general de Buenos Aires, a cargo del gobierno pastoral de la arquidiócesis, monseñor Joaquín Sucunza, mantuvo hoy una comunicación telefónica con el papa Francisco.

El anuncio transmitió que el Papa "desearía que en lugar de ir a Roma para el inicio de su pontificado el próximo 19 de marzo, continúen con esa cercanía espiritual tan apreciada, acompañando con algún gesto de caridad hacia los más necesitados", subrayó.

"Desearía que en lugar de ir a Roma para el inicio de su pontificado el próximo 19 de marzo, continúen con esa cercanía espiritual tan apreciada, acompañando con algún gesto de caridad hacia los más necesitados"
"El Santo Padre Francisco me ha pedido que transmita a todos los obispos, sacerdotes, religiosas, religiosas y a todo el pueblo de Dios, el tranquilo agradecimiento por sus oraciones y las expresiones de cariño, afecto y de caridad que ha recibido", expresó el representante diplomático en Buenos Aires.


Agencia DyN.

lunes, 11 de marzo de 2013

Terragno: el referéndum en las Islas Malvinas es muy conveniente para Argentina




El ex senador Rodolfo Terragno explicó que en la votación los kelpers admiten que pertenecen al pueblo británico por lo cual no tienen derecho a la autodeterminación.

En el día en el que los kelpers votarán en un inédito referéndum su deseo de ser un territorio de ultramar británico, el ex senador Rodolfo Terragno explicó que el referéndum en las islas Malvinas es "muy conveniente para Argentina" porque al admitir que pertenecen al pueblo británico no tienen derecho a la autodeterminación.

"Yo creo que es muy conveniente para Argentina, y no comprendo cómo esto no se advierte. Argentina siempre dijo que los isleños no podían participar de las negociaciones porque se trata de un diálogo bilateral, en el que hay sólo dos partes: Argentina y el Reino Unido. Los isleños son británicos, por lo tanto no son una tercera parte. Y como son británicos y quieren seguir siéndolo, no tienen derecho a la autodeterminación. Creo que es una buena noticia que los isleños digan lo que siempre ha dicho Argentina, pero en vez de utilizarlo se está tratando de atacarlo", explicó el político, historiador y dirigente de la Unión Cívica Radical.

En esa línea, explicó que el hecho de quieran seguir siendo británicos los excluye del derecho a la autodeterminación porque "si dijeran que quieren independizarse tanto de Argentina como de Gran Bretaña, entonces sí surgiría la idea de pueblo, y los pueblos tienen autodeterminación. Pero ellos mismos están admitiendo que son parte del pueblo británico, que no son uno distinto. Es lo que ha dicho Naciones Unidas".

Con respecto a la decisión de canciller Héctor Timerman de rechazar reunirse con su par británico si también asistían los kelpers explicó que "no es una posición de Timerman" sino que ha sido "la posición de todos los cancilleres".

"Argentina fue siempre coherente en eso. La única falla fue la de Guido Di Tella, que si bien no dijo que fueran una tercera parte, sostenía que había que seducirlos, lo que podía darlo a entender. Él creía que era un conflicto bilateral, pero que a Inglaterra le costaría mucho tomar una decisión en contra de los isleños si ellos tenían una posición favorable hacia Argentina", explicó.

Sobre que se deberían tener en cuenta para la resolución del problema, explicó: "No es una cuestión nuestra. Son británicos que viven en suelo argentino. Por supuesto que podrían quedarse ahí. Mi propuesta es la solución Hong Kong, donde se reconoció la soberanía china, pero se estableció un plazo bastante largo para la transferencia y se le dio una condición especial teniendo en cuenta las características de la población. Así se reconoce la situación de hecho y, al mismo tiempo, que están sobre suelo argentino y que a plazo fijo van a estar bajo soberanía argentina".

Publicado en DiarioVeloz.com

miércoles, 13 de febrero de 2013

EL FANATISMO - Juan C. Lafinur


EL FANATISMO

¿Cuál es ese montruo fiero
que ha desvastado la tierra,
declarando al justo guerra,
y enlazando al embustero?
¿Quién el que al hombre sincero
le calumnia de ateísmo?
El fanatismo.

¿Cuál es la causa fatal
de la falta de instrucción,
de haber tanto motilón
y de propagarse el mal?
¿Quién el de que un animal
nos elogie el servilismo?
El fanatismo.

¿Cuál es el que a los tiranos
protege en sus agresiones,
y fomenta disensiones
entre amigos y entre hermanos?
¿Quién el que a los ciudadanos
les extingue el patriotismo?
El fanatismo.

¿Cuál, el que a la libertad
la mira siempre con ceño,
y en destruirla hizo empeño
con una falsa piedad?
¿Quién hizo que iniquidad
sustituyese al civismo?
El fanatismo.

¿Cuál ha sido el instrumento
para oprimir al virtuoso
y para que el poderoso
le cause al débil tormento?
¿Quién formó tanto convento,
escuela de barbarismo?
El fanatismo.

Juan Crisóstomo Lafinur (1797-1824)
Nació en La Carolina, provincia de San Luis.
En 1810 ingresa al colegio Monserrat de Córdoba, en el que se gradúa como Maestro de Arte.
En 1814 se incorpora al ejército del Norte en Tucumán y ya en 1819 accede por concurso a una Cátedra de Filosofía, a la que renuncia en 1822.
Finalmente fallece en Chile como consecuencia de las graves heridas recibidas como producto de un accidente con su caballo.


lunes, 29 de octubre de 2012

ANTE LA LEY - Franz Kafka



Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

FIN

martes, 3 de abril de 2012

LOS DOS MARCELOS (Proust y Schwob)




















Por Luis Alberto de Cuenca

A la memoria de Gabriel

En abril de este año hablé con Bioy Casares.
Le recordé al maestro que en un prólogo suyo de hace cincuenta años
llamó pesado a Proust,
y que en una Postdata al mismo prólogo,
escrita veinticinco años después,
cantó la palinodia:
«¿Qué es eso de matar a quienes más queremos?
Bioy me dijo que, de pequeño, aborrecía a Proust,
pero que luego se hizo mayor y aprendió a amarlo.
Yo le dije que Proust me aburría,
que no me interesaba, ni antes ni ahora, en absoluto.
Bioy entonces me dijo que leyera Albertine Disparue
como si fuera una novela policíaca,
que a lo mejor así empezaba a gustarme A la recherche du temps perdu,
como a todo el mundo sensato.
No he seguido el consejo de A.B.C.
Él se había mostrado irreverente con Proust cuando era joven,
que es cuando se dice la verdad.
Yo no quiero dejar de ser joven.
No soporto la idea de que cualquier enciclopedia
dedique siete páginas a Marcel Proust y siete líneas a Marcel Schwob.
No es justo lo que han hecho con los dos Marcelos.




Luis Alberto de Cuenca: Filólogo, escritor y poeta español, Luis Alberto de Cuenca nació en Madrid el 29 de diciembre de 1950. Como traductor ha recibido premios como el Premio Nacional de Traductores.

Formó parte del gabinete de José María Aznar en el área de cultura, ha sido también director de la Biblioteca Nacional. Como poeta y ensayista, donde ha trabajado siempre en el estudio de la literatura, ha sido traducido a más de cinco idiomas.
Ha recibido diversos premios y galardones, como el Premio de la Crítica de Poesía Castellana en el año 1985 por La caja de plata.







Frases célebres


Marcel  Proust

A cierta edad, un poco por amor propio, otro poco por picardía, las cosas que más deseamos son las que fingimos no desear.

Sólo se ama lo que no se posee totalmente.

A veces estamos demasiado dispuestos a creer que el presente es el único estado posible de las cosas.

El deseo nos fuerza a amar lo que nos hará sufrir.

Para el beso, la nariz y los ojos están tan mal colocados como mal hechos los labios.

El amor es una enfermedad inevitable, dolorosa y fortuita.

Los días pueden ser iguales para un reloj, pero no para un hombre.



Marcel Schwob

Sé justo en el momento preciso. Toda justicia que tarda es injusticia.

La personalidad es al hombre lo que el perfume es a la flor.

El arte es todo lo opuesto a las ideas generales: solo describe lo individual y no desea más que lo único. No clasifica, desclasifica.

Y eso que llamamos amor es el deseo de unirnos, de fundirnos y de confundirnos.




viernes, 30 de marzo de 2012

LA FURIA Y LA TRISTEZA

Haciéndose compañía, llegaron una vez la tristeza y la furia a un
estanque mágico para bañarse. Cuando estaban junto al agua, se quitaron
sus ropas y desnudas entraron a bañarse. La furia apurada como
siempre, inquieta sin saber porqué, se bañó y rápidamente salió del
estanque. Pero como la furia es casi ciega, se puso la primera ropa que
encontró que no era la suya sino la de la tristeza.

Vestida de tristeza, la furia se fue como si nada pasara. La
tristeza, tranquila y serena, tomándose el tiempo del tiempo, como si no
tuviera ningún apuro -porque nunca lo tiene- mansamente se quedó en el
agua bañándose mucho rato y cuando terminó, quizás aburrida del agua,
salió y se dio cuenta de que no estaba su ropa. Si hay algo que a la
tristeza no le gusta es quedar al desnudo. Entonces se puso la ropa de
la furia, la única ropa que había y así vestida de furia siguió su
camino.

Cuentan que a veces, cuando uno ve al otro furioso, cruel, despiadado y

ciego de ira, parece que estuviera enojado, pero si uno se fija con
cuidado, se da cuenta de que la furia es un disfraz y que detrás de esa
furia salvaje se esconde en realidad la tristeza.

Tomado del libro "26 Cuentos para pensar" del psicólogo humanista
Jorge Bucay.
http://miscosas.espanaforo.com/t30-la-furia-y-la-tristeza 

martes, 6 de diciembre de 2011

BRASCÓ, HOMBRE DE MIL CARAS




Viernes 18 de noviembre de 2011 | Publicado en edición impresa

Un inclasificable

Brascó, hombre de mil caras
Poeta, experto en vinos, dibujante, novelista, autor de letras de canciones. Miguel Brascó es todo eso y tal vez más. "Al principio, hacer tantas cosas me parecía divertido. Después me di cuenta de que era un hándicap", dice

Por Leila Guerriero  | Para LA NACION


Es verano. Es 1934. El chico tiene ocho años, está solo en su casa, en un pueblo patagónico llamado Puerto Santa Cruz, un puñado de habitantes a 270 kilómetros de Río Gallegos. Mira el vaso de agua fresca que ha puesto en la mesa, frente a sí, y piensa: "Todavía no". Ha pasado la tarde andando a caballo, jugando con sus mascotas que, en esas latitudes, no son extravagantes (un guanaco, un ñandú, dos pollos) y suda copiosamente mientras ve cómo el vaso de agua chorrea sobre la mesa. Y vuelve a pensar: "Todavía no". Pasarán aún nueve minutos antes que vacíe el vaso de unos cuantos tragos golosos con los que aplacará la sed que le pega la lengua al paladar.

-Era un ejercicio de la voluntad, como si dijeras "No voy a respirar hasta que sea la asfixia".

Casi ocho décadas después de aquellos días, el poeta, dibujante, escritor y crítico de vinos Miguel Brascó pega el mentón al torso y, con una voz que resulta a la vez hastiada y jocosa, agrega: "Eso es algo que yo hago bastante".

En el estudio donde trabaja, un departamento antiguo de Barrio Norte, en Buenos Aires, hay una mesa redonda cubierta de lápices, blocks, cortapapeles; otra, más pequeña, con una computadora; un televisor enorme; un sillón de cuero para las visitas y una silla en la que está sentado él, pantalón claro y campera de lana beige.

-Yo soy ordenado y controlado por naturaleza. Escribo un mail y lo corrijo. Cambio los puntos, pongo diferentes tipos de letras, bastardillas.

A espaldas del sillón para las visitas hay una biblioteca, pilas de libros atados con piolín (T. S. Eliot, Anthony Burgess, Shakespeare, los hermanos Marx, poesía, casi todo en inglés), fotos -García Lorca, su madre, y su mujer actual, la periodista y poeta Patricia Delmar-, rollos de cintas para embalar. Miguel Brascó tiene 85 años y una vida que no parece la de un hombre controlado sino la de alguien cuya marca es el exceso: vivió en Puerto Santa Cruz, en Santa Fe, en Buenos Aires, en Lima, en Madrid, en Holanda; tuvo seis matrimonios, tres hijos (Nicolás, de 60; Irene, fallecida a los 31; Milagros, de 13); es abogado, escribió crónicas de viajes, crítica de vinos, letras de canciones ("La vuelta de Obligado", que cantó Alfredo Zitarrosa), poemas, cuentos, novelas; es dibujante, fundó revistas como Cuisine&Vins y Status; creó tres clubes privados para hombres (The Twelve Fishermen, The Fork Club, Epicure); escribió libros que fueron best-sellers (Anuario Brascó 2006 de los vinos argentinos), dirigió programas de televisión (Chateau Brascó, Beber y beber, Dos de copas) y tiene dos vinos propios, uno de Finca La Anita, otro de Bodegas López.

-Al principio, hacer tantas cosas me parecía divertido. Después me di cuenta de que era un hándicap. El conjunto es curioso, pero llega un punto en que parás y pensás: "Si yo tuviera que escribir mi necrológica, ¿qué pongo?".

-¿Y qué pondría?

A veces, cuando se le hace una pregunta, responde con un silencio falsamente hosco, como si hubiera estado a punto de entender algo del orden de lo divino y acabara de ser interceptado, en ese entendimiento, por el balbuceo torpe de la humanidad.

-Yo sé lo que soy, pero la imagen que doy no es clara. La poesía es una de las cosas que más me expresan. Pero la gente me identifica como el experto en vinos. Yo siempre tengo la sensación de que no cumplí las metas que debía cumplir, por mala administración de mis tiempos o de mi trayectoria.

Y, con un tono bruñido por ocho décadas de buena educación, dice: "Te tendría que invitar con un té, pero eso me llevaría un esfuerzo tremendo".

Las circunstancias del nacimiento son confusas: en la solapa de su primera novela, Quejido huacho (Tusquets, 1999, la historia de un ingeniero que viaja al interior del país y termina enredado en peripecias delirantes), se lee que nació en Puerto Santa Cruz, en 1936, pero en verdad nació en 1926 y, al parecer, en Sastre, Santa Fe, donde tenía familia, aunque se crió en la Patagonia, solo, solísimo porque su padre, Jaime Brascó, era único médico en un radio de 400 kilómetros y porque su madre, Rosa Barreiro, pasaba meses en Buenos Aires acompañando a dos hijos mayores que estudiaban allí.

-Fue una experiencia difícil. Yo era como huérfano.

Baja el mentón, suspira. Después, dice exactamente lo contrario:

-Fue una experiencia buenísima. Yo tenía mar, tenía montaña, tenía nieve, caballos, casa. O sea que la soledad no la vivía como abandono. Y aparte era un pueblo chico. Todos eran tus padres. Leía mucho. Después, mi padre se trasladó a Santa Fe y ahí terminé el secundario. Pero los vi poco a mis padres. Hubo temporadas en que estuve en contacto con mi madre. Ella murió a los 104 años ¿A qué iba esto...?

-Hablaba de su infancia.

-No puedo estar demasiado tiempo ¿Qué tipo de ración querés? Porque como soy polifacético, perverso polimórfico, puedo elegir cualquiera de las polimorfias y.

-Prefiero que hablemos de todo.

-Esa temática rebalsa cualquier reportaje. La otra idea es tomar un aspecto, nada más, y eso en general no se hace. Porque es más fácil contar la vida. Porque la vida mía está llena de anécdotas. Por ejemplo, aprendí a escribir con Onetti. Lo conocí en un café, escribía cuentos y se los mandaba. Me dijo que yo no estaba capacitado para escribir una novela y tenía razón, porque la escribí ya grande y con gran dominio de la técnica narrativa. Te aburro.

-No. ¿Tenía una relación con su padre o no lo veía nunca?

-Hay una relación con mi hija Milagros, que vive en otra casa, que es mayor a la que yo tenía con mi padre viviendo en la misma casa. Ahora sí me pasé de tiempo. Hablémonos el sábado.

En el pasillo que conecta su estudio con el living hay estantes donde guarda botellas de vino, puertas que se abren a un cuarto, a la cocina. "Patrice", llama, pronunciando "Pátris".

Patricia Delmar, poeta y periodista, 35 años más joven que él, su mujer desde 2005, recibe por estos días un tratamiento de quimioterapia y eso ha alterado el ritmo de la casa, pero ella sonríe, radiante: "Ya pasará". Brascó cruza las manos detrás de la espalda y murmura: "Mmm". Después, en el vano de la puerta, como si fuera una acusación, dice: "Vos sos muy alta".

***
Miguel Brascó y Patricia Delmar se conocieron en octubre de 2005. Ella fue a entrevistarlo para la revista Nueva y, cuando él leyó lo que ella había escrito, la invitó a la presentación de un libro. De allí se fueron al bar del hotel Plaza y, de allí, a cenar.

-En todas partes lo saludaban. Era como estar con Michael Bublé -cuenta Patricia Delmar-. Surgió un flechazo inimaginable. Me pareció una persona con humor, de gran inteligencia, gran ternura. Claro que había otras cosas que no eran tan fáciles. Tantos matrimonios... Yo soy el número seis. Imaginate. Si con uno es difícil.

***
Cuando se habla de Brascó se habla de su humor, de sus neologismos, de sus arcaísmos, de que es capaz de escribir con la misma soltura péndex, comme il faut y verija; de sus moñitos, de su gran nariz, de sus ojos intensos y, usualmente, se le piden fórmulas para combatir la resaca o se lo incita a hablar mal de los sommeliers, a quienes llama bobetas cada vez que puede, burlándose de los que encuentran en los vinos aromas a flores blancas, arándanos, grosellas. Pero él -él- preferiría hablar de una novela que está escribiendo, Los leopardos son cosa del atardecer, o de su próximo libro de poemas. Preferiría que alguien, un lector, lo recordara no por sus comentarios sobre el cabernet sino por sus dibujos de trazos finos o sus versos que dicen, por ejemplo: "Ella, mi amor, por cuyos ojos miré".

"Chesrow no murió inmediatamente sino una o tal vez dos horas después. Esa cuota adicional de existencia debemos suponer que de nada le sirvió. Se mantuvo inconsciente hasta que la vida lo dejó de lado para siempre", escribió en su novela Quejido huacho. "'Mencione tres pescados del río', pide uno a señora frente a góndola de supermercado. 'Sapo cancionero, surubí, dorado', contesta la interpelada erudita y sin vacilaciones", escribió en la columna semanal sobre vinos y cuestiones gourmet que publica en LNR desde 2007. Esa diversidad de registros que es, a un tiempo, su habilidad, su némesis.

***
Es martes, apenas pasadas las once de la mañana. El estudio está lleno de luz, aunque por las tardes es un sitio oscuro. A Brascó este departamento no le gusta, pero vivir con Patricia Delmar en el sitio lleno de recuerdos donde él vivió tres décadas no era una opción. De modo que aquí están, rodeados de jardines en los que ella cultiva sus plantas mientras él no se decide a desembalar la biblioteca.

-Yo siempre estuve con mujeres más jóvenes que yo. Ése fue el gran error de mi vida. Las mujeres jóvenes tienen el don, eventual y fugitivo, de tener lindas piernas. Eso rápidamente desaparece. Hace unos años, después de mi última pareja, la madre de Milagros, dije: "Nunca más llevo una relación con alguien joven, porque es antinatural". Entonces a unas amigas se les ocurrió que era candidato para una mujer grande y me empezaron a presentar a sus madres, que eran prejuiciosas y antiguas. Yo necesitaba una mujer joven, con más años. Y eso fue Patricia. Yo estaba en la etapa en que buscaba una viejita. El hecho de que tuviera 50 me pareció muy atractivo.

En una de las paredes del estudio hay un dibujo del rostro de Franz Kafka. Sobre la biblioteca donde están sus diccionarios (habla inglés, lee en francés, italiano, portugués y alemán), hay una foto suya, tomada cuando tenía dos años.

-Bajo el brazo llevo papeles con cosas que dibujaba.¿Querés un mate?

-Bueno.

Cuando él era adolescente, la familia se trasladó a Santa Fe, donde Brascó hizo el colegio secundario, fundó un teatro de títeres, estudió pintura. A los 17, para olvidar un amor, se emborrachó con caña y ésa, dice, fue una de las pocas veces que se emborrachó.

-Ella no me daba bola. Prefería a otros. Si te rechaza, vos decís "Será lesbiana", te tranquilizás. Pero si es selectivo, no.

Siempre cuenta que tuvo tres novias lesbianas y, con un estilo que consiste en decir barbaridades bajo la pátina de una civilizada convicción, explica: "Hay lesbianas pasivas y activas. La lesbiana pasiva es doblemente sumisa, por mujer y por lesbiana. Entonces son amantes deliciosas". En su libro de relatos de 1968, Criaturas triviales, hay un cuento llamado "Hebe por una pipa".

-Yo las historias de mis novias lesbianas las he escrito todas. "Hebe por una pipa" es, de hecho, la historia de un tipo que tiene una novia lesbiana. Ese tipo tiene un amigo que está seducido por ella, pero que no sabe que es lesbiana. Y a su vez al protagonista le gusta la novia de su amigo. Entonces arman un trueque. El protagonista dice: "Bueno, te la cambio, pero mi novia es una mujer muy llamativa y tu novia es medio pava, así que yo te cambio a mi novia por la tuya, más una pipa que vos tenés, de cerezo". Eso me pasó tal cual a mí. Entonces el tipo me dio la pipa, hicimos el trueque y él se fue con mi novia lesbiana, y yo me quedé con la suya. Hasta que él descubrió que la que había sido mi novia era lesbiana. Eso le pareció terrible y me vino a reclamar.

-¿Qué le reclamó?

-La pipa.

***
A los 17 años quiso estudiar letras, pero su padre le dijo: "Vas a ser toda tu vida un empleado del Estado".

-Él no pensaba que yo podía ser Borges. O sea, tenía razón. Entonces negocié y estudié abogacía y, paralelamente, letras. Me recibí en 1952 y me fui a Buenos Aires, huyendo de Santa Fe.

-Usted se había casado.

-Sí. Estaba divorciado.

-¿A qué edad se había casado?

-Veinte años.

-Con una mujer más grande.

-Sí. Ocho años. Entonces, volviendo al tema, en Buenos Aires conseguí trabajo en un estudio donde estaba César Fernández Moreno, el hijo de Baldomero.

Miguel Brascó se había casado, en Santa Fe, con una mujer llamada Blanca Goetzinger, actriz. Cuando se fue a Buenos Aires dejó con ella al hijo de ambos, un chico llamado Nicolás al que no volvería a ver en treinta años.

-Te doy otro mate.

-No, gracias.

-No te gusta el mate. Yo me habría tomado por lo menos dos.

***
-Creo que él no estaba acostumbrado a tener debates -dice Patricia Delmar-. Estaba acostumbrado a que le aplaudieran sus aseveraciones. Yo defiendo muchas cuestiones sociales, pero él tiene una forma un poco más individual. Y me parece que ya no tiene curiosidad por conocer otras culturas. Conoce determinados países de una manera y ya no quiere conocer nada más. Y es un obsesivo del trabajo. No hay vacaciones, no hay tiempo libre. Yo pensaba que tenía un perfil más osado. Pero es muy tradicional. En temas gastronómicos, por ejemplo, hay cosas que deben ser así. Tal cosa debe tener 20 minutos de cocción y no pueden ser 25. Y yo que cocino a ojito, pobre...

***
En 1955, Brascó pidió una licencia en el estudio de abogacía donde trabajaba y se fue a Bolivia, acompañando al músico Ariel Ramírez a quien había conocido en Santa Fe y que era su amigo. De Bolivia se fue a Lima donde, vendiendo dibujos, trabajando para el diario El Comercio, se quedó un año.

-En 1956 me fui a Madrid a estudiar el posgrado de derecho en la Complutense. Me vinculé con el decano de Letras, que era Vicente Aleixandre, el poeta, y me permitió hacer también el posgrado en Letras.

De España viajó a Holanda, donde vivió hasta 1961 trabajando como traductor de inglés para la empresa Phillips, en un pueblo llamado Eindhoven.

-Antes pasé unos meses trabajando como obrero en una fábrica de etiquetas de cigarros. Quería tener la experiencia. Yo manejaba una máquina, una plancha que imprimía por presión. Vos ponías la página y después decías "Pasóp", que quiere decir "Attenti", y bajabas la máquina. Decías "Pasóp" porque había un tipo que, cuando vos levantabas, ponía el papel con la mano, entonces tenías que tratar de no aplastarlo. Pasóp, chin, pasóp, chin. Por ocho horas. No es tan inhumano. Una vez que uno entra en ritmo, se siente parte de algo que funciona.

-¿Vivía solo?

-No, con la poetisa peruana Lola Thorne, que por entonces trabajaba en la embajada de Perú. Con ella tuve una hija. Esa hija murió en un accidente de automóvil. Murió de una manera muy rara.

Se levanta y camina hasta un mueble donde hay varios portarretratos. Regresa con la foto de una chica sonriente, con el pelo oscuro, rulos.

-Tenía 31 años, más o menos. Venía caminando por Figueroa Alcorta. Un auto subió a la vereda y la mató. Se llamaba Irene. Yo tengo un libro de poemas, Otros poemas e Irene, pero no tiene nada que ver con eso.

Otros poemas e Irene fue su primer libro y salió publicado en 1953. Allí, en "Retrato de damas y denuncia", escribía poemas que no tenían nada que ver con eso: "Todo ocurrió en la medida en que ella y yo lo habíamos imaginado previamente./ Ocurrió en trenes, hoteles de poca categoría, en habitaciones del suburbio,/ en litorales arenosos, en salas correctas con alfombras, en momentos de euforia [...]".

A principios de los años 60 decidió regresar a la Argentina y se empleó en el mismo estudio de abogacía que había dejado cinco años antes.

-Mi mujer fue trasladada a Perú, después a Río de Janeiro. Ese matrimonio se fue debilitando. Mi hija Irene vivió conmigo. Habíamos puesto casa con Ariel Ramírez, en Colegiales. Era una casa open, llena de músicos y escritores. Irene tenía una colección de madres ahí. Ariel Ramírez estaba componiendo la Misa criolla y me pidió que le escribiera villancicos para la cara B del disco. Pero no se me ocurría nada. Él me decía: "Pero es una pavada, los villancicos son muy elementales". Y yo, nada. Entonces se los dio a Félix Luna, que rápidamente hizo las letras y ganó muchísimo dinero y yo perdí una fortuna.

Por esos años empezó a publicar en una revista llamada Usted. Esos textos llamaron la atención de los editores de Claudia, una revista para mujeres que era, por entonces, una de las más vendidas. Al poco tiempo escribía allí una sección llamada "La vida bella".

-Ahí empezó lo de los vinos y la comida. Simplemente sucedió. Yo di con una especialidad periodística que, para desarrollarla bien, hay que haber ejercido el oficio de la poesía. Cuando uno ha aprendido a buscar la palabra justa para describir la diferencia que hay entre la tristeza que siente porque está lejos de su patria o porque una mujer lo ha dejado o porque ha descubierto que la existencia carece de sentido, puede escribir de vinos. Y yo escribo sobre vinos con la misma técnica con que escribo una crónica de viaje.

En 1961 publicó su segundo libro de poemas, Tribulaciones del amor. Tres años después el tercero, La máquina del mundo. Escribía en Claudia, hacía una sección de humor en el suplemento "Gregorio", de la revista Leoplán, y mantuvo esa promiscuidad entre el periodismo, los poemas y la abogacía hasta 1964, cuando supo que estaban buscando un redactor para el departamento de publicaciones de Ducilo, una empresa norteamericana que hacía fibras. Llamó al jefe del departamento, Carlos Duelo, ex director de Leoplán, y le anunció: "Tengo al mejor". Duelo le preguntó quién era y Brascó le respondió: "Yo".

-Pero no fue fácil, porque los norteamericanos te investigan el prontuario.

Y cuando investigaron el prontuario, los americanos descubrieron que Brascó había militado, en la universidad, en un partido de centroizquierda. Eso fue un obstáculo hasta que recordó un artículo que sobre él había escrito Raúl González Tuñón, poeta comunista que había tenido acceso a una carta en la que Brascó criticaba las revoluciones -todas: de la francesa en adelante- diciendo que eran inútiles. En su artículo, Tuñón describía a Brascó como un reaccionario.

-Entonces lo llamé. Él estaba avergonzado, porque habíamos sido más o menos amigos, y yo le dije "Pero Raúl, por Dios, qué importancia puede tener, si yo además soy efectivamente muy reaccionario. Lo que necesitaría es un ejemplar de la revista". Me lo consiguió, se lo mandé a Duelo, Duelo se lo dio a su superior y así entré a trabajar en Ducilo. Al día siguiente lo llamé a Raúl y le dije: "Te llamo para agradecerte tantísimo, no sólo el ejemplar, sino que hayas escrito eso, porque entré en una empresa norteamericana y me pagan fantástico".

-¿Y él que le dijo?

-"Te felicito".

Así devino editor del house organ de Ducilo y, en una performance que repetiría en la década del 80 editando la revista de la tarjeta Diners, convirtió esa publicación burocrática, que a nadie le interesaba leer, en algo que se esperaba con ansiedad.

-La leían porque era entretenida. Lo hice muy bien.

Cuatro años después, cuando logró que sus colaboraciones en medios como Claudia, Tía Vicenta y Primera Plana aumentaran en cantidad y buena paga, renunció.

-Cuando logré que mi trabajo periodístico fuera muy fuerte, renuncié. Yo siempre he trabajado mucho. El ocio no es lo mío.

Brascó hace un gesto discreto y mira el reloj.

-¿Quiere que sigamos otro día?

-Sí. Perdón. Tengo que ejercer mis funciones de enfermero. Es duro.

***
-Tiene tantos talentos -comenta Manuel Mas, propietario de la bodega Finca La Anita y uno de sus mejores amigos-. Creo que él querría que lo reconocieran más como escritor, pero trabaja tanto que no tiene tiempo. El otro día fuimos a un restaurante chino y le dije: "Miguel, lo vas a volver loco al chino". Le traía un vino y Miguel protestaba: "No, ésta no es la cosecha que yo quiero". Traía otro y tampoco. Entonces propone: "Vamos a tomar champagne".

Y llega el chino con un balde con dos copas. Miguel le dice: "Esta copa no". Y el chino: "¿Ésta no copa champagne?". Miguel le explica: "No me entra la nariz". Y el chino pregunta: "¿Tomar nariz?". Hasta que el chino entendió que quería una copa ancha. En un momento le dije: "Pará, Miguel, porque lo vas a volver loco". Pero él pone piñón fijo y le da, sin fijarse a quién. Si le dan un box, quiere una mesa con sillas, y si le dan una mesa con sillas, quiere un box. Mañerea.

***
Es jueves, casi noche. En el estudio de Brascó suena el teléfono. Atiende y, cuando cuelga, dice:

-Este hombre tiene esa disponibilidad que tiene la gente rica, que es tan linda. Le porponés: "Me estoy yendo a Río Cuarto. ¿No querés venir?". "Sí", te contesta, y va con vos.

-¿Tiene muchos amigos?

-No. Uno de los más antiguos es Landrú. Lo conocí en Tía Vicenta. En los años 60, Citizen había organizado un concurso en la revista Claudia cuyo premio era un viaje con Brascó y Landrú a Zimbabwe. Fuimos. Pasamos por Sudáfrica y viajamos hasta Durban en auto. En una encrucijada de caminos, Landrú me pide: "Doblá acá". Así que yo doblé. Llegamos a un pueblo que se llama Umptata. Con gran influencia de arquitectura africana.

-¿Y cómo es eso?

-Chozas cónicas. Había una especie de drugstore. Entonces Landrú repite: "Pará acá". Y yo paré. Él quería comprar grabaciones de música africana genuina y suponía que las iba a encontrar en esos lugares. Entramos al drugstore y lo primero que vemos es a un médico brujo, con cuernos y una piel como de leopardo. Yo me quedé paralizado de admiración. Landrú, en cambio, se enganchó con una señora gorda que efectivamente vendía discos de pasta. La teoría de Landrú es que es inútil hablar otro idioma que el propio. Él no habla más que castellano. Y afirma: "Uno tiene que hablar el castellano con convicción, articulando bien, mirando al otro a los ojos, y el otro te entiende". Entonces en un momento me di vuelta y él estaba con la negra, probando discos, y le decía: "Poné-la-banda-cuatro". Y la otra ponía la banda cuatro. Te juro. En un momento noté que había una cosa amenazante. Y le digo: "Tenemos que irnos". Salimos y estábamos rodeados de chicos, entre 12 y 17 años, que son los más peligrosos, y nos decían una sola palabra en un idioma que ni siquiera Landrú podía entender. Rápidamente nos metimos en el coche y nos fuimos, seguidos por los chicos que nos gritaban cosas. Según Landrú, nos pedían plata.

En 1974, cuando fundó la revista para hombres Status, ya era un crítico reconocido, capaz de escribir que un vino era caro al cuete o de argumentar, sin metáforas pretenciosas, por qué tal otro resultaba excepcional. En los años 80, fundó Cuisine & Vins, una publicación de cultura gastronómica que hizo junto a quien era su mujer, la periodista Lucila Goto.

-Pero Lucila se enfermó y murió a los 40 años, en 1992. Fue muy duro para mí, habíamos estado catorce años juntos.

Por esos días lo entrevistaron en Clarín y Brascó confesó que sentía que sólo iba a vivir tres años más.

-Era verdad. Sentía eso.

Entonces, en Santa Fe, un hombre llamado Nicolás leyó ese artículo y le escribió una carta donde le contaba que él era su hijo y que, ya que iba a morirse, quería conocerlo.

-Yo no había tenido ningún contacto con él. Desde el día que me fui de Santa Fe no la vi más a mi mujer. Ella se murió y yo no la volví a ver.

-Pero su hijo sabía que usted era su padre.

-Él sabía todo. Pero yo no era una criatura bien aceptada por mi ex mujer.

Se inclina hacia adelante, une las manos entre las rodillas.

-Yo procedí como un chancho. Me fui. Era un capítulo negro en mi vida. Lo abandoné totalmente. Ahora tenemos buena relación. Él tiene 60 años, una empresa que produce cosas vinculadas con la gastronomía. Es un gran tipo.

Después de la muerte de Lucila Goto, un enredo económico hizo que tuviera que deshacerse de Cuisine Vins, pero siguió escribiendo en varios medios, organizando ferias de productos gourmet y, a fines de los años 90, formó pareja con la chef Luisa González, con la que tuvo a su hija Milagros.

Son más de las ocho de la noche cuando suena el bramido ronco del portero eléctrico. Brascó se levanta, pregunta quién es. Cuelga sin responder.

-Una de las infinitas amigas de Patricia. Yo tengo pocos amigos, pero Patricia tiene infinidad. ¿Qué decíamos? Tengo la sensación de que hemos hablado mucho.

***
-Creo que él tiene la fuerza de un rinoceronte -dice Emilio Garip, amigo de Brascó y dueño del restaurante Oviedo-. Por otra parte, piensa que va a ser eterno, y eso es genial. Habla como si tuviera 40. Pero creo que tiene una disconformidad consigo mismo, porque hace demasiadas cosas. Él me comentó una vez: "Yo tendría que haber sido sólo pintor, sólo escritor".

***
"Van doce poemas. En principio nos reuniremos el martes y el miércoles de 19 a 21 horas. Confirmar, por favor, cada vez por la mañana. Afectos de Brascó". Eso decía el mail pero la entrevista, finalmente, se hace un domingo a las siete de la tarde. A las siete menos dos minutos el timbre suena en el departamento de Brascó, pero nadie atiende. A las siete menos un minuto el timbre vuelve a sonar y, otra vez, nadie atiende. Finalmente, a las siete y diecinueve segundos, el timbre vuelve a sonar y, entonces sí, la voz de Brascó pregunta:

-¿Quién es?

Arriba, en el primer piso, abre la puerta de su departamento.

-Con ese tapado deberías usar una bufanda -dice-. Te queda muy bien. Pasá.

Cuando se le pregunta cuál es el rasgo que predomina en su carácter, Brascó responde: "El orden".

***
-Yo me quedé deslumbrada -recuerda Patricia Delmar- cuando vi el placar con los suéters y las camisas en fundas de nylon. Cuando viaja, para preparar el equipaje, lo dibuja: un cinturón, dos calcetines, zapatos. Pero después hay otras cosas. Cuando salís a comer, los sommeliers le temen. Viene una sommelier y él le pregunta dónde estudió y la chica contesta: "En tal lugar", y Miguel dice: "Ah, con razón". Hemos tenido situaciones en que de golpe nos dejan de atender. Todo por esa exigencia. Y siento también que a pesar del perfil renacentista que tiene, de golpe le hubiera gustado explotar más lo literario. Como que no le dedicó la intensidad de ocho décadas, y que le hubiera gustado.

***
El departamento está embebido en el aroma de un arroz a la peruana con el que Brascó estuvo fantaseando durante días y que preparó hoy, aprovechando un oasis en el tratamiento de su mujer. Su estudio se aprieta en torno a la luz ambarina de una lámpara. En la computadora hay un documento abierto en el que escribe su próxima columna para LNR, poco más de una página que le toma dos días. Patricia Delmar está arrebujada, mirando una película en la sala.

-No miramos mucho cine juntos porque yo creo que el cine es entretenimiento. Si no hay una explosión anaranjada o una historia de la CIA, difícilmente aguante una película. Con Bergman he hecho intentos desde chico, pero nunca entendí nada. Aún hoy.

Sobre una mesa hay una botella de vino sin etiqueta, un plato con papas fritas.

-Es una de las botellas que me mandan las bodegas, para que las evalúe. Vamos a probar.

Sirve, se sirve. Dice que hay que hacer un buche antes de tragar y lo hace con elegancia, de modo que no parece un enjuague bucal.

-No tiene mucho aroma, pero tiene una vuelta, que se llama retrogusto, particularmente interesante. ¿Qué me habías preguntado?

-¿Hay alguna persona imprescindible para usted?

-La persona con la cual has elegido vivir siempre es imprescindible.

Hace un silencio. Cada vez que se queda callado se produce, a su alrededor, una suerte de agobio.

-La palabra "imprescindible" hace difícil contestar, porque la experiencia te indica que no existe la imprescindibilidad. Existen largos períodos en los cuales uno tiene una sensación de extrañeza por el hecho de que esa persona no esté.

Después pregunta:

-¿Querés más vino?

-No, gracias.

-No te gustó. Le voy a decir a la bodega que no te gustó..

viernes, 28 de octubre de 2011

PIÚ AVANTI - ALMAFUERTE

Piú avanti

No te des por vencido, ni aun vencido,
No te sientas esclavo, ni aun esclavo;
Trémulo de pavor, piénsate bravo,
Y arremete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido,
Que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo;
No la cobarde intrepidez del pavo
Que amaina su plumaje al primer ruido.

Procede como Dios que nunca llora,
O como Lucifer, que nunca reza,
O como el robledal, cuya grandeza
Necesita del agua y no la implora.

¡Que muerda y vocifere vengadora,
Ya rodando en el polvo tu cabeza!

Pedro B. Palacios (Almafuerte)

sábado, 15 de octubre de 2011

QUÉ FANTÁSTICA FIESTA - MARTÍN CAPARRÓS



El polémico artículo de Martín Caparrós.


Qué fantástica esta fiesta


De elpais.com
Por: Martín Caparrós | 12 de octubre de 2011


Es hoy: desde hace siglos que el día es hoy pero ha cambiado, como todo, de nombre y de sentidos. Ya casi nadie habla de Día de la Raza: queda raro. En España dicen Fiesta Nacional –por antonomasia– y no tratan de explicar por qué no eligieron, como la mayoría de los países, un día de liberación sino uno de conquista. Otros se han puesto, últimamente, del lado del oxímoron: recuerdan el 12 de octubre por lo contrario de lo que pasó, y dicen que es el Día del Respeto a la Diversidad Cultural –Argentina–, del Descubrimiento de Dos Mundos –Chile–, de la Resistencia Indígena –Venezuela– y así de seguido.
En cualquier caso, hoy todos feriamos y festejamos sin saber del todo qué: la llegada, parece, de aquellos –casi– hispanos que durante siglos fueron presentados como una bendición hasta que las nuevas historias oficiales los convirtieron en el principio de un desastre.
El cambio de discurso fue gradual, pero terminó de consagrarse hace veinte años, cuando un dizque rey de España –que ya era este señor– fue a Oaxaca a saludar indígenas. Alguna vez vamos a hablar del rey de España, esa expresión extrema de la incapacidad para abstraer que ciertas culturas enarbolan. Por ahora hablamos de otros arcaísmos.
Como, por ejemplo, la relación de los biempensantes latinoamericanos con sus indios. Los llaman, en esta etapa de la culpa, pueblos originarios, que es lo mismo que decir aborígenes pero con un curso menos de latín. Los llaman pueblos originarios, como si hubieran crecido en las ramas de un ombú –o como si la historia no existiera.
Todos llegamos, alguna vez, a América. Los que ahora son originarios llegaron hace quién sabe quince, diez mil años. Y desde entonces fueron cambiando de lugares y poderes: un pueblo ocupaba un espacio, después otro lo sacaba de allí o lo sometía y después otro –como sucede en todas partes, penosamente, siempre. Pero la historia oficial biempensante arma una especie de cuadro ahistórico, idílico, estático en que, alrededor del año 1500, había pueblos originarios casi felices y muy legítimos y consustanciados con sus territorios, y llegaron unos señores malos y pálidos que los corrieron a gorrazos.
Los corrieron, en efecto, y eran malos, pero no más que los que los corrían cada tanto. Cortés y Pizarro pudieron invadir porque se aliaron a las víctimas de los aztecas y los incas, que preferían cualquier cosa antes que ser comidos –por los unos– o esclavizados –por los otros. Eran, sí, de color más clarito y venían de más lejos; seguramente algún esclarecido podrá explicar cuántos grados de diferencia de tono epidérmico, cuántos kilómetros de distancia separan a un invasor legitimado de uno ilegítimo. Con lo cual no pretendo justificar la invasión española, avalancha de dioses y saqueos; sólo decir que sus víctimas habían hecho lo mismo con otras víctimas unas décadas, un par de siglos antes.
En Argentina, donde todo es más reciente, está muy claro: los mapuches que ahora penan en el sur andino entraron desde Chile a fines del siglo XVIII, y echaron a sus ocupantes anteriores, los tehuelches; entre 1830 y 1875, el coronel neokirchnerista Juan Manuel de Rosas y el general viejoliberal Julio Argentino Roca se lo hicieron a ellos. Pero nada de eso importa mucho en la imagen congelada. La causa de los pueblos originarios se ha convertido en uno de esos lugares comunes que, de tan comunes, eluden cualquier tipo de debate.
El indigenismo, decía uno, es una enfermedad infantil del nacionalismo –y el otro le contestaba que el indigenismo es la versión social del pensamiento ecololó. En una sociedad que está hecha de mezclas, que debe seguir mezclándose para reinventarse, progres claman por la tradición, la pureza, la "autenticidad" de los originarios. Es esa idea conservadora de detener la evolución en un punto pasado: esa idea que cierta izquierda comparte tan bien con la derecha, aunque la apliquen a objetos diferentes.
Los progres defienden encarnizados los derechos de los aborígenes a seguir viviendo igual que sus tatarabuelos. ¿Por qué se empeñan en suponer que hay sociedades “tradicionales” que deberían conservar para siempre su forma de vida, y que lo “progresista” consiste en ayudarlos a que sigan viviendo como sus ancestros? ¿Porque ellos mismos siguen usando miriñaques y polainas, casándose con vírgenes o vírgenes, viajando a caballo con su sable en la mano, escribiendo palabras como éstas con la pluma de un ganso, reverenciando al rey, iluminándose con el quinqué que porta, temeroso, aquel negrito esclavo?
Y, sobre todo, les da mucha culpa lo que hicieron sus ancestros. Aborígenes suelen ser explotados; tanto como muchos descendientes de gallegos, rusos, sicilianos. Pero, culpa mediante, los biempensantes suponen a los originarios más derechos que a cualquier otro desposeído. Si yo fuera pobre y argentino intentaría ser originario. Los pueblos originarios son una especie protegida: tienen apoyos internacionales, oenegés, programas especiales, buena prensa automática, mientras millones de pobres no tienen casi nada. No digo que los “originarios” no tengan tanto derecho como cualquiera a una vida digna; sí digo que tienen tanto derecho como cualquiera a una vida digna y que, en el triste sistema clientelar en el que viven millones de argentinos, ser aborigen ofrece privilegios particulares producidos por esa mezcla de culpa y corrección política que se conmueve fácil con las historias atroces de la Conquista mientras olvida la marginación cotidiana, constante, de esos muchos millones de cualquieras sin pureza de sangre, misturados, tan poco originales.




http://blogs.elpais.com/pamplinas/2011/10/el-mejor-politico-argentino.html

sábado, 10 de septiembre de 2011

viernes, 9 de septiembre de 2011

ARTHUR SCHOPENHAUER

Frases célebres


 Arthur Schopenhauer
1788-1860 Filósofo alemán.



Moral
Predicar moral es cosa fácil; mucho más fácil que ajustar la vida a la moral que se predica.

Sinceridad
Los amigos se suelen considerar sinceros; los enemigos realmente lo son.

Traición
Con ciertas personas vale más ser traicionado que desconfiar.

Cultura
El entendimiento natural puede suplir a la cultura, pero ésta nunca puede suplir aquél.

Ira
La cólera no nos permite saber lo que hacemos y menos aún lo que decimos.

Envidia
La envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten; y su constante atención a lo que hacen, o dejan de hacer los demás, muestra cuánto se aburren.

 Pedir
Muchas veces las cosas no se le dan al que las merece más, sino al que sabe pedirlas con insistencia.

Pedante
A excepción del hombre, ningún ser se maravilla de su propia existencia.

Dios
Al que todo lo pierde, le queda Dios todavía.

Cambio
El cambio es la única cosa inmutable.

Arquitectura
La arquitectura es música congelada.