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sábado, 23 de febrero de 2013

ARTHUR RACKHAM





Arthur Rackham nació en Londres en el seno de una familia que cobijó a 12 hijos.
En 1884, a la edad de 17 años, fue enviado a Australia para mejorar su delicada salud. Ya a los 18 años comenzó a trabajar como empleado en una repartición estatal mientras estudiaba en la Escuela de Arte Lambeth.
En 1892 dejó su anterior puesto para empezar a trabajar como periodista e ilustrador. Sus primeros dibujos fueron publicados en 1893 en el libro “Al Otro Lado” de Thomas Rhodes, sin embargo su primer trabajo serio fue en 1894 para “Los Dialogos de Dolly.
En 1903 se casó con Edyth Starkie , con quien tuvo en 1908 una hija a la que bautizaron Barbara.
Rackham ganó una medalla de oro en la Exposición Internacional de Milán de 1906 y otro en la Exposición Internacional de Barcelona en 1912.
Sus obras fueron incluidas en numerosas exposiciones, incluyendo una en el Museo del Louvre en París, en 1914.
Finalmente murió en 1939 en su casa de Limpsfield , Surrey.
 
Arthur Rackham es considerado como uno de los dibujantes líderes de la llamada “Edad de Oro” de la ilustración británica; podríamos definir este período desde 1900 hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Durante esa época, se produjo un importante mercado de libros de alta calidad que generalmente se obsequiaban para Navidad.
Muchos de estos libros se produjeron en ediciones limitadas y a todo lujo, sin desmedro de que ésta fuera seguida, en determinados casos, por otras más modestas.
El inicio de la Primera Guerra en 1914 marcó el inicio de una reducción en el mercado esos libros de alta calidad, lo que fue seguido, durante los años ’20, por un alejamiento del gusto del público por la fantasía y las hadas.
Los trabajos de Arthur Rackham se han popularizado desde su muerte, tanto en América del Norte como en Gran Bretaña, mientras que sus imágenes han sido muy elegidas por las imprentas para ser utilizadas en la manufactura de tarjetas de felicitación. Por otro lado también varios de sus libros se continúan imprimiendo actualmente.
En otro plano, podemos recordar que el popular músico Eric Woolfson, recordado -entre otras cosas- por sus obras junto a Alan Parsons, se sintió particularmente fascinado e inspirado por Rackham. Eric sintió que Walt Disney también fue notoriamente influenciado por aquel trabajo, por lo que pensó en escribir un musical sobre él. Lamentablemente su vida no le resultó tan inspiradora como sus ilustraciones, por lo que Eric volvió su atención hacia otras fuentes.
Hoy en día, las pinturas y dibujos originales de Rackham continúan siendo muy buscados, y cotizados, en las grandes casas de subastas de arte internacional.



















 Alicia en el País de las Maravillas


















miércoles, 13 de febrero de 2013

EL FANATISMO - Juan C. Lafinur


EL FANATISMO

¿Cuál es ese montruo fiero
que ha desvastado la tierra,
declarando al justo guerra,
y enlazando al embustero?
¿Quién el que al hombre sincero
le calumnia de ateísmo?
El fanatismo.

¿Cuál es la causa fatal
de la falta de instrucción,
de haber tanto motilón
y de propagarse el mal?
¿Quién el de que un animal
nos elogie el servilismo?
El fanatismo.

¿Cuál es el que a los tiranos
protege en sus agresiones,
y fomenta disensiones
entre amigos y entre hermanos?
¿Quién el que a los ciudadanos
les extingue el patriotismo?
El fanatismo.

¿Cuál, el que a la libertad
la mira siempre con ceño,
y en destruirla hizo empeño
con una falsa piedad?
¿Quién hizo que iniquidad
sustituyese al civismo?
El fanatismo.

¿Cuál ha sido el instrumento
para oprimir al virtuoso
y para que el poderoso
le cause al débil tormento?
¿Quién formó tanto convento,
escuela de barbarismo?
El fanatismo.

Juan Crisóstomo Lafinur (1797-1824)
Nació en La Carolina, provincia de San Luis.
En 1810 ingresa al colegio Monserrat de Córdoba, en el que se gradúa como Maestro de Arte.
En 1814 se incorpora al ejército del Norte en Tucumán y ya en 1819 accede por concurso a una Cátedra de Filosofía, a la que renuncia en 1822.
Finalmente fallece en Chile como consecuencia de las graves heridas recibidas como producto de un accidente con su caballo.


sábado, 26 de enero de 2013

JORGE LUIS BORGES: LA BIBLIOTECA TOTAL



El capricho o imaginación o utopía de la Biblioteca Total incluye ciertos rasgos, que no es difícil confundir con virtudes. Maravilla, en primer lugar, el mucho tiempo que tardaron los hombres en pensar esa idea. Ciertos ejemplos que Aristóteles atribuye a Demócrito y a Leucipo la prefiguran con claridad, pero su tardío inventor es Gustav Theodor Fechner y su primer expositor es Kurd Lasswitz. (Entre Demócrito de Abdera y Fechner de Leipzig fluyen -cargadamente- casi veinticuatro siglos de Europa.) Sus conexiones son ilustres y múltiples: está relacionada con el atomismo y con el análisis combinatorio, con la tipografía y con el azar. En la obra El certamen con la tortuga (Berlín, 1929), el doctor Theodore Wolff juzga que es una derivación, o parodia, de la máquina mental de Raimundo Lulio; yo agregaría que es un avatar tipográfico de esa doctrina del Eterno Regreso que prohijada por los estoicos o por Blanqui, por los pitagóricos o por Nietzsche, regresa eternamente.
El más antiguo de los textos que la vislumbran está en el primer libro de la Metafísica de Aristóteles. 
Hablo de aquel pasaje que expone la cosmogonía de Leucipo: la formación del mundo por la fortuita conjunción de los átomos. El escritor observa que lo átomos que esa conjetura requiere son homogéneos y que sus diferencias proceden de la posición, del orden o de la forma. Para ilustrar esas distinciones añade: "A difiere de N por la forma, AN de NA por el orden, Z de N por la posición". En el tratado De la generación y corrupción, quiere acordar la variedad de las cosas visibles con la simplicidad de los átomos y razona que una tragedia consta de iguales elementos que una comedia -es decir, de las veinticuatro letras del alfabeto.

Pasan trescientos años y Marco Tulio Cicerón compone un indeciso diálogo escéptico y lo titula irónicamente De la naturaleza de los dioses. En el segundo libro, uno de los interlocutores arguye: "No me admiro que haya alguien que se persuada de que ciertos cuerpos sólidos e individuales son arrastrados por la fuerza de la gravedad, resultando del concurso fortuito de estos cuerpos el mundo hermosísimo que vemos. El que juzga posible esto, también podrá creer que si arrojan a bulto innumerables caracteres de oro, con las veintiuna letras del alfabeto, pueden resultar estampados los Anales de Ennio. Ignoro si la casualidad podrá hacer que se lea un solo verso."(1)
La imagen tipográfica de Cicerón logra una larga vida. A mediados del siglo XVII, figura en un discurso académico de Pascal; Swift, a principios del siglo XVIII, la destaca en el preámbulo de su indignado Ensayo trivial sobre las facultades del alma, que es un museo de lugares comunes -como el futuro Dictionnaire des idées reçues, de Flaubert.

Siglo y medio más tarde, tres hombres justifican a Demócrito y refutan a Cicerón. En tan desaforado espacio de tiempo, el vocabulario y las metáforas de la polémica son distintos. Huxley (que es uno de esos hombres) no dice que los "caracteres de oro" acabarán por componer un verso latino, si los arrojan un número suficiente de veces; dice que media docena de monos, provistos de máquinas de escribir, producirán en unas cuantas eternidades todos los libros que contiene el British Museum (2). Lewis Carroll (que es otro de los refutadores) observa en la segunda parte de la extraordinaria novela onírica Sylvie and Bruno -año 1893- que siendo limitado el número de palabras que comprende un idioma, lo es asimismo el de sus combinaciones posibles o sea el de sus libros. 
"Muy pronto -dice- los literatos no se preguntarán, '¿qué libro escribiré?', sino "¿cuál libro?".

"Lasswitz, animado por Fechner, imagina la Biblioteca Total. Publica su invención en el tomo de relatos fantásticos Traumkristalle.

La idea básica de Lasswitz es la de Carroll, pero los elementos de su juego son los universales símbolos ortográficos, no las palabras de un idioma. El número de tales elementos -letras, espacios, llaves, puntos suspensivos, guarismos- es reducido y puede reducirse algo más. El alfabeto puede renunciar a la cu (que es del todo superflua), a la equis (que es una abreviatura) y a todas las letras mayúsculas. Pueden eliminarse los algoritmos del sistema decimal de numeración o reducirse a dos, como en la notación binaria de Leibniz. Puede limitarse la puntuación a la coma y al punto. Puede no haber acentos, como en latín. A fuerza de simplificaciones análogas, llega Kurd Lasswitz a veinticinco símbolos suficientes (veintidós letras, el espacio, el punto, la coma) cuyas variaciones con repetición abarcan todo lo que es dable expresar en todas las lenguas. El conjunto de tales variaciones integraría una Biblioteca Total, de tamaño astronómico. Lasswitz insta a los hombres a producir mecánicamente esa Biblioteca inhumana, que organizaría el azar y que eliminaría a la inteligencia. (El certamen con la tortuga de Theodore Wolff expone la ejecución y las dimensiones de esa obra imposible.)

Todo estará en sus ciegos volúmenes. Todo: la historia minuciosa del porvenir, Los egipcios de Esquilo, el número preciso de veces que las aguas de Ganges han reflejado el vuelo de un halcón, el secreto y verdadero nombre de Roma, la enciclopedia que hubiera edificado Novalis, mis sueños y entresueños en el alba del catorce de agosto de 1934, la demostración del teorema de Pierre Fermat, los no escritos capítulos de Edwin Drood, esos mismos capítulos traducidos al idioma que hablaron los garamantas, las paradojas que ideó Berkeley acerca del Tiempo y que no publicó, los libros de hierro de Urizen, las prematuras epifanías de Stephen Dedalus que antes de un ciclo de mil años nada querrán decir, el evangelio gnóstico de Basílides, el cantar que cantaron las sirenas, el catálogo fiel de la Biblioteca, la demostración de la falacia de ese catálogo. Todo, pero por una línea razonable o una justa noticia habrá millones de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. Todo, pero las generaciones de los hombres pueden pasar sin que los anaqueles vertiginosos -los anaqueles que obliteran el día y en los que habita el caos- les hayan otorgado una página tolerable.

Uno de los hábitos de la mente es la invención de imaginaciones horribles.

Ha inventado el Infierno, ha inventado la predestinación al Infierno, ha imaginado las ideas platónicas, la quimera, la esfinge, los anormales números transfinitos (donde la parte no es menos copiosa que el todo), las máscaras, los espejos, las óperas, la teratológica Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espectro insoluble, articulados en un solo organismo... Yo he procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira.


(1) No teniendo a la vista el original, copio la versión española de Menéndez y Pelayo (Obras completas de Marco Tulio Cicerón, tomo tercero, p.88). Deussen y Mauthner hablan de una bolsa de letras y no dicen que éstas son de oro; no es imposible que el "ilustre bibliófago" haya donado el oro y haya retirado la bolsa.

(2) Bastaría, en rigor, con un solo mono inmortal.





martes, 20 de noviembre de 2012

LA PIEDRA

FÁBULA
Un pobre le fue a pedir una limosna
a un rico y éste no le dio nada.
- ¡No te quiero ver por aquí- le dijo.
Pero el pobre no se movió.
Entonces el rico se enfadó
y le tiró una piedra al mendigo.
El pobre cogió aquella piedra, se la
guardó entre sus harapos y dijo:
-Me la guardaré hasta que llegue el
momento de tirársela-.

Pasó el tiempo. El rico cometió un delito,
fué despojado de cuanto tenía y llevado
a la cárcel.
Al verle pasar desposado, el pobre,
se le acercó, sacó la piedra y levantó
la mano para tirársela; pero, pensándolo
mejor la dejó caer al suelo y se dijo:
-No te ha sevido para nada guardar
la piedra tanto tiempo-: Cuando era rico
y poderoso, le temías; ahora que le ves mal
le compadeces.


LEÓN TOLSTOI

lunes, 29 de octubre de 2012

ANTE LA LEY - Franz Kafka



Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

FIN

lunes, 13 de agosto de 2012

LA SENTENCIA


De la selección de Jorge Luis Borges & Adolfo Bioy Casares



Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó
que  había  salido  de  su  palacio  y  que  en  la  oscuridad
caminaba  por el  jardín,  bajo  los  árboles  en flor.  Algo  se
arrodilló  a  sus  pies  y  le  pidió  amparo.  El  emperador
accedió:  el  suplicante  dijo  que  era  un  dragón  y  que  los
astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la
caída de la noche, Wei Cheng, ministro del emperador, le
cortaría  la  cabeza.  En  el  sueño,  el  emperador  juró
protegerlo.

 Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le
dijeron  que  no  estaba  en  el  palacio;  el  emperador  lo
mandó buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que
no matara al dragón, y hacia el atardecer le propuso que
jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba
cansado y se quedó dormido.

 Un  estruendo  conmovió  la  tierra.  Poco  después
irrumpieron  dos  capitanes,  que  traían  una  inmensa
cabeza de dragón empapada de sangre. La arrojaron a los
pies del emperador y gritaron: Cayó del cielo. Wei Cheng,
que había despertado, la miró con perplejidad y observó:
Qué raro, yo soñé que mataba a un dragón así.

Wu Ch’eng En (siglo XVI), “La sentencia”.
Jorge Luis Borges, Antología de la literatura fantástica
De cuentos breves y extraordinarios.

LAS VISPERAS DE FAUSTO


Adolfo Bioy Casares


Esa noche de junio de 1540, en la cámara de la torre, el doctor Fausto recorría los anaqueles de su numerosa biblioteca. Se detenía aquí y allá; tomaba un volumen, lo hojeaba nerviosamente, volvía a dejarlo. Por fin escogió los Memorabilia de Jenofonte. Colocó el libro en el atril y se dispuso a leer. Miró hacía la ventana. Algo se había estremecido afuera. Fausto dijo en voz baja: Un golpe de viento en el bosque. Se levantó, apartó bruscamente la cortina. Vio la noche, que los árboles agrandaban.
Debajo de la mesa dormía Señor. La inocente respiración del perro afirmaba, tranquila y persuasiva como un amanecer, la realidad del mundo. Fausto pensó en el infierno.

Veinticuatro años antes, a cambio de un invencible poder mágico, había vendido su alma al Diablo. Los años habían corrido con celeridad. El plazo expiraba a media noche. No eran, todavía, las once.

Fausto oyó unos pasos en la escalera; después, tres golpes en la puerta. Preguntó: "¿Quién llama?" "Yo", contestó una voz que el monosílabo no descubría, “yo". El doctor la había reconocido, pero sintió alguna irritación y repitió la pregunta. En tono de asombro y de reproche contestó su criado: "Yo, Wagner." Fausto abrió la puerta. El criado entró con la bandeja, la copa de vino del Rin y las tajadas de pan y comentó con aprobación risueña lo adicto que era su amo a ese refrigerio. Mientras Wagner explicaba, como tantas veces, que el lugar era muy solitario y que esas breves pláticas lo ayudaban a pasar la noche, Fausto pensó en la complaciente costumbre, que endulza y apresura la vida, tomó unos sorbos de vino, comió unos bocados de pan y, por un instante, se creyó seguro. Reflexionó: Si no me alejo de Wagner y del perro no hay peligro.
Resolvió confiar en Wagner sus terrores. Luego recapacitó: Quién sabe los comentarios que haría. Era una persona supersticiosa (creía en la magia), con una plebeya afición por lo macabro, por lo truculento y por lo sentimental. El instinto le permitía ser vívido; la necedad, atroz. Fausto juzgó que no debía exponerse a nada que pudiera turbar su ánimo o inteligencia.

El reloj dio las once y media. Fausto pensó: No podrán defenderme. Nada me salvará. Después hubo como un cambio de tono en su pensamiento; Fausto levantó la mirada y continuó: Más vale estar solo cuando llegue Mefistófeles. Sin testigos, me defenderé mejor. Además, el incidente podía causar en la imaginación de Wagner (y acaso también en la indefensa irracionalidad del perro) una impresión demasiado espantosa.
-Ya es tarde, Wagner. Vete a dormir.

Cuando el criado iba a llamar a Señor, Fausto lo detuvo y, con mucha ternura, despertó a su perro. Wagner recogió en la bandeja el plato del pan y la copa y se acercó a la puerta. El perro miró a su amo con ojos en que parecía arder, como una débil y oscura llama, todo el amor, toda la esperanza y toda la tristeza del mundo. Fausto hizo un ademán en dirección a Wagner, y el criado y el perro salieron. Cerró la puerta y miró a su alrededor. Vio la habitación, la mesa de trabajo, los íntimos volúmenes. Se dijo que no estaba tan solo. El reloj dio las doce menos cuarto. Con alguna vivacidad, Fausto se acercó a la ventana y entreabrió la cortina. En el camino a Finsterwalde vacilaba, remota, la luz de un coche.

¡Huir en ese coche!, murmuró Fausto y le pareció que agonizaba de esperanza. Alejarse, he ahí lo imposible. No había corcel bastante rápido ni camino bastante largo. Entonces, como si en vez de la noche encontrara el día en la ventana, concibió una huida hacia el pasado; refugiarse en el año 1440; o más atrás aún: postergar por doscientos años la ineludible medianoche. Se imaginó al pasado como una tenebrosa región desconocida; pero, se preguntó, si antes no estuve allí, ¿cómo puedo llegar ahora? ¿Cómo podía él introducir en el pasado un hecho nuevo? Vagamente recordó un verso de Agatón, citado por Aristóteles: Ni el mismo Zeus puede alterar lo que ya ocurrió. Si nada podía modificar el pasado, esa infinita llanura que se prolongaba del otro lado de su nacimiento era inalcanzable para él. Quedaba, todavía, una escapatoria: Volver a nacer, llegar de nuevo a la hora terrible en que vendió el lama a Mefistófeles, venderla otra vez y cuando llegara, por fin, a esta noche,  correrse una vez más al día del nacimiento.

Miró el reloj. Faltaba poco para la medianoche. Quién sabe desde cuándo, se dijo, representaba su vida de soberbia, de perdición y de terrores; quién sabe desde cuándo engañaba a Mefistófeles. ¿Lo engañaba? ¿Esa interminable repetición de vidas ciegas no era su infierno?

Fausto se sintió muy viejo y muy cansado. Su última reflexión fue, sin embargo, de fidelidad hacia la vida; pensó que en ella, no en la muerte, se deslizaba, como un agua oculta, el descanso. Con valerosa indiferencia postergó hasta el último instante la resolución de huir o de quedar. La campana del reloj sonó...



Fuente: BIOY CASARES, ADOLFO, Historia prodigiosa, Buenos Aires, Emecé, 1961 (págs. 165-168)

sábado, 12 de mayo de 2012

LA ESCOPETA

Por Julio Ardiles Gray




Avanzó entre los naranjos. El sol caía con tanta fuerza que le obligaba a entrecerrar los ojos. La paloma saltó entonces de una rama a otra, y a otra, y se perdió por entre el follaje bien alto. Con la escopeta levantada, Matías se acercó hasta el tronco del árbol. Pero por más que examinó hoja por hoja, no pudo dar con la paloma. Extrañado, se rascó la nuca.
De pronto, sobre su cabeza sintió un ruido. Volvió a fijarse. arrebujado entre unas ramas, había un pájaro. No era su paloma; era un pájaro de un color entre azulado y ceniciento. Con cuidado, Matías apoyó el arma en el hombro y levantó el gatillo.
"Ya que no es la paloma -se dijo- no me voy a volver a la casa con las manos vacías."
Pero en ese instante, el pájaro saltó a una horqueta, sacudió las alas e hinchando la gola se puso a cantar.
Matías, que ya había llegado al primer descanso, abandonó el gatillo y escuchó.
"Que extraño -se dijo-. Jamás he escuchado cantar a un pájaro como éste."
El trino, en el redondel de la siesta, subía como un árbol dorado y rumoroso. A Matías le pareció que más que el canto del pájaro, lo que se desgranaba eran las escamas amodorradas de la siesta misma. Y le comenzó a entrar un sopor dulce, unas ganas de abandonarse a los recuerdos de los tiempos felices y de no hacer nada más que escuchar el canto del pájaro que seguía subiendo, esta vez como un perfume agridulce y verde.
Para escuchar mejor, dejó caer la escopeta a un lado y arrastrando los pies se acercó al árbol para apoyarse en el tronco. El pájaro había desaparecido, pero su canto continuaba en el aire. Y no pudo sustraerse a la tentación de mirar al cielo y levantó los ojos. Allá arriba, entre unas nubes ociosas que desflecaban gigantescas flores de cardo, dos grandes pájaros negros volaban en lánguidos círculos inmensos. Matías, entonces, no supo distinguir si la dulzura que sentía venía del canto de aquel pájaro o de las nubes que se desvanecían como borrachas a lo lejos.
El canto, entonces, se acabó de improviso. Los pájaros y las nubes desaparecieron y él volvió en sí.
"Me estoy volviendo muy abriboca" -se dijo mientras sacudía la cabeza.
Buscó la escopeta pero no la encontró donde creía haberla dejado. Caminó más allá, volvió más acá, pero el arma había desaparecido.
-¡Esto me pasa por tonto!- gritó en voz alta.
Y todo lo que hizo después fue en vano. Al cabo de una hora, ya cansado, se dijo:
"Me iré a la casa a buscar a mi muchacho. Entre los dos la vamos a encontrar más ligero. No puedo perder así un arma tan hermosa."

De 35 Cuentos Breves Argentinos - Selección de Fernando Sorrentino

miércoles, 25 de abril de 2012

¿EL PRIMER CUENTO DE KAFKA?


Por Marco Denevi



Entre 1895 y 1901 medió la existencia de la revista literaria Der Wanderer (El viajero), que en idioma alemán se editó en Praga bajo la dirección de Otto Gauss y Andrea Brezina. El número correspondiente a diciembre de 1896 incluye (pág. 7) un cuento titulado El juez, cuyo autor oculta o deja entrever su nombre detrás de la inicial K. Por la atmósfera del cuento y por esa letra (que será más tarde el nombre de los protagonistas de El proceso y de El castillo) se me ha ocurrido la idea de que se trata del primer cuento de un Kafka de quince años.


EL JUEZ

Cuando fui citado a comparecer -como decía la cédula de notificación- en calidad de testigo, entré por primera vez en el Palacio de Justicia. ¡Cuántas puertas, cuántos corredores! Pregunté dónde estaba el juzgado que me había enviado la citación. 
Me dijeron: a los fondos, siempre a los fondos. 
Los pasillos eran fríos y oscuros. Hombres con portafolios bajo el brazo corrían de un lugar para otro y hablaban un leguaje cifrado en el que a cada rato aparecían las palabras como in situ, a quo, ut retro. Todas las puertas eran iguales y, junto a cada puerta, había chapas de bronce cuyas inscripciones, gastadas por el tiempo, ya no podían leerse. Intenté detener a los hombres de los portafolios y pedirles que me orientaran, pero ellos me miraban coléricos, me contestaban: in situ, a quo, ut retro. 
Fatigado de vagabundear por aquel laberinto, abrí una puerta y entré. Me atendió un joven con chaqueta de lustrina, muy orgulloso. Soy el testigo, le dije. Me contestó: Tendrá que esperar su turno. Esperé, prudentemente, cinco o seis días. Después me aburrí y, tanto como para distraerme, comencé a ayudar al joven de chaqueta de lustrina. 
Al poco tiempo ya sabía distinguir los expedientes, que en un principio me habían parecido idénticos unos a otros. Los hombres de los portafolios me conocían, me saludaban cortésmente, algunos me dejaban sobrecitos con dinero. Fui progresando. Al cabo de un año pasé a desempeñarme en la trastienda de aquella habitación. Allí me senté en un escritorio y empecé a garabatear sentencias. Un día el juez me llamó. -Joven- me dijo-. Estoy tan satisfecho con usted, que he decidido nombrarlo mi secretario. Balbuceé palabras de agradecimiento, pero se me antojó que no me escuchaba. Era un hombre gordísimo, miope y tan pálido que la cara sólo se le veía en la oscuridad. Tomó la costumbre de hacerme confidencias. -¿Qué será de mi bella esposa? -suspiraba-. ¿Vivirá aún? ¿ Y mis hijos? El mayor andará ya por los veinte años. Algún tiempo después este hombre melancólico murió, creo (o, simplemente, desapareció), y yo lo reemplacé. Desde entonces soy el juez. 
He adquirido prestigio y cultura. Todo el mundo me llama Usía. El joven de saco de lustrina, cada vez que entra a mi despacho, me hace una reverencia. Presumo que no es el mismo que me atendió el primer día, pero se le parece extraordinariamente. He engordado: la vida sedentaria. Veo poco: la luz artificial, día y noche, fatiga la vista. Pero unos disfruta de otras ventajas: que haga frío o calor, se usa siempre la misma ropa. Así se ahorra. Además, los sobres que me hacen llegar los hombres de los portafolios son más abultados que antes. Un ordenanza me trae la comida, la misma que le traía a mi antecesor: carne, verduras y una manzana. Duermo sobre un sofá. El cuarto de baño es un poco estrecho. A veces añoro mi casa, mi familia. En ciertas oportunidades (por ejemplo en Navidad) no resulta agradable permanecer dentro del Palacio. Pero, ¿que he de hacerle? Soy el juez. 
Ayer, mi secretario (un joven muy meritorio) me hizo firmar una sentencia (las sentencias las redacta él) donde condeno a un testigo renitente. La condena, in absentia, incluye una multa e inhabilitación para servir de testigo de cargo o de descargo. El nombre me parece vagamente conocido. ¿No será el mío? Pero ahora yo soy el juez y firmo las sentencias.

De 35 Cuentos Breves Argentinos, selección de Fernando Sorrentino.

viernes, 20 de abril de 2012

JOHN TENNIEL - Alicia en el País de las Maravillas, Alicia a Través del Espejo y Punch

John Tenniel


John Tenniel, es bien recordado por sus ilustraciones en los libros de Alicia, sin embargo se destacó también en el arte de la caricatura satírica y política.


Los inicios

Nació en Londres en 1820. Fue hijo de un maestro de baile e instructor de esgrima.
Estudió en las escuelas de la British Royal Academy y en la Clipstone Street Art Society. Sin embargo, justo es reconocer, que fue en gran parte autodidacta comenzando a perfilarse desde joven como ilustrador en libros y periódicos, exhibiendo a la temprana edad de 16 años, su primera pintura al óleo en la Society of British Artists.
Según su biógrafo, F. Sartzano, en 1840 John Tenniel mientras practicaba esgrima con su padre, fue herido en un ojo.
En 1845 tomó parte en el concurso de murales para decorar el nuevo palacio de Westminster y consiguió un premio de 100 libras y el encargo para realizar un fresco para el “Salón de los Poetas” de la Cámara de los Lores.
Por entonces ya se le conocía y se le apreciaba como dibujante humorista, estimulándole en su faceta de caricaturista su amigo Charles Keene.

Firma de John Tenniel


Punch

Mientras ilustraba “The Haunted Man” para Charles Dickens, Tenniel fue llamado por la revista Punch para reemplazar al ilustrador Richard Doyle, cuando éste se fue porque, como católico, se oponía a los ataques que esa revista profería al Vaticano.
Ya por octubre de 1848 había terminado con las ilustraciones de “The Haunted Man”. Sin embargo la publicación continuaba inconsciente de las capacidades de Tenniel, por lo que lo confinaban a trabajar sobre simples temas ornamentales de portadas y títulos.




Frontispiece - The Haunted Man (1848)

En 1850 lo efectivizan como dibujante de la revista y en esta publicación seguirá trabajando Tenniel durante la mayor parte de su vida, repartiéndose la tarea con su amigo Leech.
En 1852 se casa, pero desafortunadamente enviuda sólo dos años más
tarde.
En 1861 ilustró Lalla Thomas Moore Rookh, y en 1864, luego de la muerte de Leech, ocupó la jefatura de ilustradores de Punch.

Lalla Thomas Moore Rookh
                                         


Alicia en el país de las Maravillas

El episodio por el que más trascendería Tenniel aconteció en febrero de 1864 cuando fue convocado por Lewis Carroll para ilustrar su libro Alicia en el País de las Maravillas.
Tenniel se tomaría un largo tiempo para pensarlo, y finalmente aceptaría.
Sin embargo no fue una cosa fácil. Las cuarenta y dos ilustraciones de Tenniel, lo llevaron a duras peleas con Carroll y hasta cuentan que éste llegó a comentarle al  dibujante Harry Furniss que no le gustaba ninguno de los dibujos de Tenniel, a excepción de Humpty Dumpty.
Con respecto a esta situación debemos recordar que el primer ilustrador del libro de  Alicia fue el propio Lewis Carroll quien, ante la insistencia de Alice Lidell, escribió e ilustró de su puño y letra un volumen que, encuadernado en piel verde, obsequió a la niña el día 26 de noviembre de 1864, con la siguiente dedicatoria: “Como regalo de Navidad, a una niña muy querida, en recuerdo de un día de verano”.
El libro, editado por Macmillan, finalmente apareció a mediados de 1865, pero Tenniel se quejó de la mala calidad de las reproducciones, por lo que Carroll accedió, encargándose  personalmente de los gastos, a retirar la edición, la que se volvió a reeditar en Navidad del mismo año, pero con fecha de 1866.
De la primera edición quedan solamente 21 ejemplares encuadernados (Dodgson había repartido los primeros cincuenta ejemplares entre sus amigos) y es uno de los libros más codiciados del siglo XIX. El resto de la tirada, en forma de pliegos sueltos, fue enviada a Estados Unidos y, en Nueva York, D. Appleton & Co. la encuadernó y la puso a la venta en 1866, constituyendo así la primera edición en ése país. Podemos admitir que, después de todo, la medida tomada por Carroll fue una buena prueba de que, a pesar de las discusiones, el autor admiraba y respetaba a Tenniel como el artista consagrado que ya era.


A Través del Espejo

Cuando Carroll tomó la decisión de publicar la segunda parte de Alicia,  tras la negativa de Tenniel a seguir colaborando con él, propuso a varios artistas (entre ellos a Richard Doyle y Noel Paton) que le ilustraran el libro; pero todos, muy cortésmente, rechazaron su oferta. Al fin, tras mucho insistir y a regañadientes, en 1872 Tenniel accedió a satisfacer los deseos de Carroll y el resultado es que la segunda parte de “Alicia” es quizá un libro todavía más impresionante que el primero.
En principio Tenniel pensó en poner su dibujo del Jabberwocky en la cubierta de “A Través del Espejo”, pero Carroll, temiendo que resultara aterrador y chocante para los niños, llevó a cabo una encuesta entre varias familias conocidas y, basándose en la opinión expresada por grandes y pequeños ,optó por sacar en la portada la simpática figura del Caballero Blanco y trasladar el Jabberwocky al final del primer capítulo.
Luego de terminar esta publicación, y quizás comprendiendo el hecho de haber llegado a la cumbre en ese ramo, Tenniel tomó la decisión de no hacer más ilustraciones en libros. Luego el escribiría que "... con A través del Espejo, me abandonó la facultad de hacer dibujos para ilustraciones de libros, y, a pesar de toda clase de tentadoras ofertas, hasta el momento no he hecho nada en esa dirección".


Sus últimos años

Su caricatura política más exitosa fue sobre la renuncia del canciller aleman, Otto Von Bismark ("Dropping the Pilot" -Punch, 1891-). En 1893 fue nombrado caballero en reconocimiento a su distinguida carrera en Punch.

Caricatura de Bismark - Punch

Sir John Tenniel se retiró de su cargo en 1901 después de casi medio siglo de servicio en Punch y de más de dos mil dibujos a su crédito.
Poco a poco fue perdiendo la vista. Vivió sus últimos años tranquilamente en su casa de Kensington junto a su hermana. Murió el 25 de febrero de 1914.




Alicia, el Conejo y el Sombrerero Loco - Alicia en el País de las Maravillas

Reina Alicia - A Través del Espejo

El campo de ajedrez...   A Través del Espejo  

Alicia en el País de las Maravillas

Rocking-Horse-Fly. A Través del Espejo

La Reina de Corazones y Alicia - Alicia en el País de las Maravillas

Alicia con el Dodo - Alicia en el País de las Maravillas

Alicia volando con la Reina Roja - A Través del Espejo

Tweedle Dee & Tweedle Dum - A Través del Espejo

Humpty Dumpty - A Través del Espejo 

Humpty Dumpty - A Través del Espejo

El León y El Unicornio - A Través del Espejo

Alicia viaja en tren - A Través del Espejo

El Caballero Blanco y Alicia - A Través del Espejo

Alicia atraviesa el espejo... - A Través del Espejo

La Morsa y El Carpintero - A Través del Espejo



El Caballero Blanco - A Través del Espejo

El Sombrerero Loco - Alicia en el País de las Maravillas

La Morsa y el Carpintero con las Ostras - A Través del Espejo

La Morsa y El Carpintero - A Través del Espejo

La Guerra Civil norteamericana - Punch

La Reina Victoria - Punch

Dibujo alusivo a la guerra civil norteamericana - Punch

Lincoln convenciendo a un ciudadano de ingresar a las fuerzas armadas - Punch