lunes, 23 de abril de 2012

HOMENAJE DEL BARRIO DE FLORESTA Y DEL CLUB ALL BOYS A VETERANOS DE GUERRA DE MALVINAS

Este domingo 22 de abril, el barrio de Floresta y el Club All Boys, homenajearon a Veteranos de Guerra de las Malvinas en el año del 30° aniversario de la gesta.

EN LA PLAZA DE FLORESTA

Los "dueños de casa" homenajean a los Veteranos de Guerra de Malvinas 


La imagen de Marcelo "Turco" Salomón, siempre presente.



EN LA CANCHA DE ALL-BOYS
Los Veteranos de Guerra de Malvinas, y sus familiares, en la cancha.


La hinchada visitante de Unión de Santa Fé también saluda a los VGM.


Los VGM con sentimiento M28

La hinchada de All-Boys homenajeando a los VGM


Los VGM agradecen a las tribunas el homenaje recibido.

Alfredo Pucci con la placa que All-Boys obsequiara a los VGM.

Intercambio de presentes entre los VGM y las autoridades de All-Boys




viernes, 20 de abril de 2012

JOHN TENNIEL - Alicia en el País de las Maravillas, Alicia a Través del Espejo y Punch

John Tenniel


John Tenniel, es bien recordado por sus ilustraciones en los libros de Alicia, sin embargo se destacó también en el arte de la caricatura satírica y política.


Los inicios

Nació en Londres en 1820. Fue hijo de un maestro de baile e instructor de esgrima.
Estudió en las escuelas de la British Royal Academy y en la Clipstone Street Art Society. Sin embargo, justo es reconocer, que fue en gran parte autodidacta comenzando a perfilarse desde joven como ilustrador en libros y periódicos, exhibiendo a la temprana edad de 16 años, su primera pintura al óleo en la Society of British Artists.
Según su biógrafo, F. Sartzano, en 1840 John Tenniel mientras practicaba esgrima con su padre, fue herido en un ojo.
En 1845 tomó parte en el concurso de murales para decorar el nuevo palacio de Westminster y consiguió un premio de 100 libras y el encargo para realizar un fresco para el “Salón de los Poetas” de la Cámara de los Lores.
Por entonces ya se le conocía y se le apreciaba como dibujante humorista, estimulándole en su faceta de caricaturista su amigo Charles Keene.

Firma de John Tenniel


Punch

Mientras ilustraba “The Haunted Man” para Charles Dickens, Tenniel fue llamado por la revista Punch para reemplazar al ilustrador Richard Doyle, cuando éste se fue porque, como católico, se oponía a los ataques que esa revista profería al Vaticano.
Ya por octubre de 1848 había terminado con las ilustraciones de “The Haunted Man”. Sin embargo la publicación continuaba inconsciente de las capacidades de Tenniel, por lo que lo confinaban a trabajar sobre simples temas ornamentales de portadas y títulos.




Frontispiece - The Haunted Man (1848)

En 1850 lo efectivizan como dibujante de la revista y en esta publicación seguirá trabajando Tenniel durante la mayor parte de su vida, repartiéndose la tarea con su amigo Leech.
En 1852 se casa, pero desafortunadamente enviuda sólo dos años más
tarde.
En 1861 ilustró Lalla Thomas Moore Rookh, y en 1864, luego de la muerte de Leech, ocupó la jefatura de ilustradores de Punch.

Lalla Thomas Moore Rookh
                                         


Alicia en el país de las Maravillas

El episodio por el que más trascendería Tenniel aconteció en febrero de 1864 cuando fue convocado por Lewis Carroll para ilustrar su libro Alicia en el País de las Maravillas.
Tenniel se tomaría un largo tiempo para pensarlo, y finalmente aceptaría.
Sin embargo no fue una cosa fácil. Las cuarenta y dos ilustraciones de Tenniel, lo llevaron a duras peleas con Carroll y hasta cuentan que éste llegó a comentarle al  dibujante Harry Furniss que no le gustaba ninguno de los dibujos de Tenniel, a excepción de Humpty Dumpty.
Con respecto a esta situación debemos recordar que el primer ilustrador del libro de  Alicia fue el propio Lewis Carroll quien, ante la insistencia de Alice Lidell, escribió e ilustró de su puño y letra un volumen que, encuadernado en piel verde, obsequió a la niña el día 26 de noviembre de 1864, con la siguiente dedicatoria: “Como regalo de Navidad, a una niña muy querida, en recuerdo de un día de verano”.
El libro, editado por Macmillan, finalmente apareció a mediados de 1865, pero Tenniel se quejó de la mala calidad de las reproducciones, por lo que Carroll accedió, encargándose  personalmente de los gastos, a retirar la edición, la que se volvió a reeditar en Navidad del mismo año, pero con fecha de 1866.
De la primera edición quedan solamente 21 ejemplares encuadernados (Dodgson había repartido los primeros cincuenta ejemplares entre sus amigos) y es uno de los libros más codiciados del siglo XIX. El resto de la tirada, en forma de pliegos sueltos, fue enviada a Estados Unidos y, en Nueva York, D. Appleton & Co. la encuadernó y la puso a la venta en 1866, constituyendo así la primera edición en ése país. Podemos admitir que, después de todo, la medida tomada por Carroll fue una buena prueba de que, a pesar de las discusiones, el autor admiraba y respetaba a Tenniel como el artista consagrado que ya era.


A Través del Espejo

Cuando Carroll tomó la decisión de publicar la segunda parte de Alicia,  tras la negativa de Tenniel a seguir colaborando con él, propuso a varios artistas (entre ellos a Richard Doyle y Noel Paton) que le ilustraran el libro; pero todos, muy cortésmente, rechazaron su oferta. Al fin, tras mucho insistir y a regañadientes, en 1872 Tenniel accedió a satisfacer los deseos de Carroll y el resultado es que la segunda parte de “Alicia” es quizá un libro todavía más impresionante que el primero.
En principio Tenniel pensó en poner su dibujo del Jabberwocky en la cubierta de “A Través del Espejo”, pero Carroll, temiendo que resultara aterrador y chocante para los niños, llevó a cabo una encuesta entre varias familias conocidas y, basándose en la opinión expresada por grandes y pequeños ,optó por sacar en la portada la simpática figura del Caballero Blanco y trasladar el Jabberwocky al final del primer capítulo.
Luego de terminar esta publicación, y quizás comprendiendo el hecho de haber llegado a la cumbre en ese ramo, Tenniel tomó la decisión de no hacer más ilustraciones en libros. Luego el escribiría que "... con A través del Espejo, me abandonó la facultad de hacer dibujos para ilustraciones de libros, y, a pesar de toda clase de tentadoras ofertas, hasta el momento no he hecho nada en esa dirección".


Sus últimos años

Su caricatura política más exitosa fue sobre la renuncia del canciller aleman, Otto Von Bismark ("Dropping the Pilot" -Punch, 1891-). En 1893 fue nombrado caballero en reconocimiento a su distinguida carrera en Punch.

Caricatura de Bismark - Punch

Sir John Tenniel se retiró de su cargo en 1901 después de casi medio siglo de servicio en Punch y de más de dos mil dibujos a su crédito.
Poco a poco fue perdiendo la vista. Vivió sus últimos años tranquilamente en su casa de Kensington junto a su hermana. Murió el 25 de febrero de 1914.




Alicia, el Conejo y el Sombrerero Loco - Alicia en el País de las Maravillas

Reina Alicia - A Través del Espejo

El campo de ajedrez...   A Través del Espejo  

Alicia en el País de las Maravillas

Rocking-Horse-Fly. A Través del Espejo

La Reina de Corazones y Alicia - Alicia en el País de las Maravillas

Alicia con el Dodo - Alicia en el País de las Maravillas

Alicia volando con la Reina Roja - A Través del Espejo

Tweedle Dee & Tweedle Dum - A Través del Espejo

Humpty Dumpty - A Través del Espejo 

Humpty Dumpty - A Través del Espejo

El León y El Unicornio - A Través del Espejo

Alicia viaja en tren - A Través del Espejo

El Caballero Blanco y Alicia - A Través del Espejo

Alicia atraviesa el espejo... - A Través del Espejo

La Morsa y El Carpintero - A Través del Espejo



El Caballero Blanco - A Través del Espejo

El Sombrerero Loco - Alicia en el País de las Maravillas

La Morsa y el Carpintero con las Ostras - A Través del Espejo

La Morsa y El Carpintero - A Través del Espejo

La Guerra Civil norteamericana - Punch

La Reina Victoria - Punch

Dibujo alusivo a la guerra civil norteamericana - Punch

Lincoln convenciendo a un ciudadano de ingresar a las fuerzas armadas - Punch



viernes, 6 de abril de 2012

LA PRIMERA MALVINA ARGENTINA




Por Mariana Rambaldi
De la redacción de Yahoo! Noticias


Alguna vez las islas Malvinas tuvieron un gobernador argentino. Alguna vez, antes de 1833, en aquellas tierras nacieron, vivieron y murieron argentinos. Pero el primer alumbramiento registrado en el archipiélago fue el de una mujer: Matilde Vernet y Sáez, mejor conocida como Malvina. Ella fue la primera Malvina argentina. 

El 10 de junio de 1829, el comerciante argentino de origen alemán, Luis María Vernet, fue nombrado Comandante Militar de las Islas Malvinas. Poco más de un mes más tarde viajó al archipiélago junto con su esposa, María Sáez, y sus tres hijos, Emilio, Luisa y Sofía, y se instaló en la Isla Soledad. Llevó con él a unos cincuenta colonos con sus respectivas familias y también gauchos y peones para trabajar en aquellas tierras. El 30 de agosto de aquel año, Vernet tomó posesión de su cargo de forma oficial en una ceremonia. 

Su esposa María, considerada como la cronista de la soberanía argentina en Malvinas por haber documentado en su diario la vida en las islas, escribió aquel domingo: "Muy buen día de Santa Rosa de Lima (fiesta patronal que honra a la santa católica peruana), por lo que determinó Vernet tomar hoy posesión de la isla en nombre del gobierno de Buenos Aires. A las doce se reunieron los habitantes, se enarboló la Bandera Nacional a cuyo tiempo se tiraron veintiún cañonazos, repitiéndose sin cesar el ¡Viva la Patria! Puse a cada uno en el sombrero con cintas de dos colores que distinguen nuestra bandera. Se dio a reconocer el Comandante." 

Vernet rebautizó Puerto Soledad con el nombre de Puerto Luis y fue allí, el 5 de febrero de 1830, en donde nació Matilde Vernet y Sáez. Aunque toda su vida la llamarían Malvina.  
Los conflictos con fragatas norteamericanas que pescaban en costas malvinenses y la posterior ocupación militar inglesa del archipiélago, hicieron que los Vernet y todas las familias que habitaban las islas, fueran expulsadas y nunca más volvieran allí.  Los Vernet pasaron un tiempo en Río de Janeiro y luego se establecieron en Buenos Aires. Malvina se crió en la Argentina continental.


Vivieron en la calle Florida, esquina Córdoba y luego en 25 de Mayo entre avenida Corrientes y Sarmiento. Por aquel entonces, Luis Vernet compró terrenos en San Isidro, provincia de Buenos Aires, en donde luego estableció una casa de campo. La estancia se encuentra allí aún, en la calle que lleva el nombre del gobernador y esquina Belgrano. 

Pasaron los años y Malvina creció. En Uruguay conoció al capitán estadounidense Greenleaf Cilley, se casó con él y lo acompañó a los Estados Unidos. Varias publicaciones afirman que Malvina fue la única argentina presente el 14 de abril de 1865 en el teatro Ford de Washington DC, cuando asesinaron al presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln.

Tuvo seis hijos, tres varones y tres niñas.  Dos de sus pequeñas fueron las primeras Malvinas registradas de forma oficial: Déborah Malvinas Cilley, nacida el 30 de junio de 1870 y Malvina Justa Cilley, nacida el 30 de noviembre de 1872. En cada generación subsiguiente, se hizo tradición que al menos una integrante de la familia llevara el nombre de las islas.
Los Cilley Vernet se instalaron, finalmente, en la finca familiar de San Isidro. Malvina murió allí, el 24 de septiembre de 1924.  

Al cumplirse cien años del nombramiento como gobernador de Malvinas de Luis María Vernet, el 10 de junio de 1929, la familia se reunió en la casona de San Isidro: eran casi cien descendientes. Por parte de Malvina, cinco de sus hijos vivieron y antes de su muerte, ya tenía unos veintidós nietos. Las posteriores generaciones siguieron llamando a muchas de sus mujeres Malvina.  


Su nieto Ernesto Greenleaf Cilley Hernández, en numerosas ocasiones intentó sumar el nacimiento de su abuela en las islas como otra prueba válida al reclamo de soberanía argentina, con el argumento de que esos cientos de descendientes hubieran continuado su vida como pobladores de la comunidad que crecía allí. 

La vida  de Malvina está plagada de hechos significativos. Ella, Matilde Malvina Vernet y Sáez, la primera argentina registrada nacida en el archipiélago, hija del primer gobernador argentino de las islas, casada con un militar estadounidense y madre de las primeras mujeres llamadas Malvinas de la historia, testigo del asesinato de Lincoln. Ella, es la primera Malvina argentina.


miércoles, 4 de abril de 2012

EL TREN



El Tren

Por Santiago Dabove 

El tren era el de todos los días a la tardecita, pero venía moroso, como sensible al paisaje.
Yo iba a comprar algo por encargo de mi madre.
Era suave el momento, como si el rodar fuera cariño en los lúbricos rieles. Subí, y me puse a atrapar el recuerdo más antiguo, el primero de mi vida. El tren se retardaba tanto que encontré en mi memoria un olor maternal: leche calentada, alcohol encendido. Esto hasta la primera parada: Haedo. Después recordé mis juegos pueriles y ya iba hacia la adolescencia, cuando Ramos mejía me ofreció un acalle sombrosa y romántica, con su niña dispuesta al noviazgo. Allí mismo me casé, después de conocer y visitar a sus padres y al patio de su casa, casi andaluz. Ya salíamos de la iglesia del pueblo, cuando oí tocar la campana; el tren proseguía el viaje. Me despedí y, como soy muy ágil, lo alcancé. Fui a dar a Ciudadela, donde mis esfuerzos querían horadar un pasado quizá imposible de resucitar en el recuerdo.

 
El jefe de estación, que era amigo, acudió para decirme que aguardara buenas nuevas, pues mi esposa me enviaba un telegrama anunciándolas. Yo pugnaba por encontrar un terror infantil (pues los tuve), que fuera anterior al recuerdo de la leche calentada y del alcohol. En eso llegamos a Liniers. Allí, en esa parada tan abundante en tiempo presente, que ofrece el ferrocarril Oeste, pude ser alcanzado por mi esposa que traía los mellizos vestidos con ropas caseras. Bajamos y, en una de las resplandecientes tiendas que tiene Liniers, los proveímos de ropas standard pero elegantes, y también de buenas carteras de escolares y libros. En seguida alcanzamos el mismo tren en que íbamos y que se había demorado mucho, porque antes había otro tren descargando leche. Mi mujer se quedó en Liniers, pero, ya en el tren, gustaba de ver a mis hijos tan floridos y robustos hablando de foot-ball y haciendo los chistes que la juventud cree inaugurar.


Pero en Flores me aguardaba lo inconcebible; una demora por un choque con vagones y un accidente en un paso a nivel. El jefe de la estación de Liniers, que me conocía, se puso en comunicación telegráfica con el de Flores. Me anunciaban malas noticias. Mi mujer había muerto, y el cortejo fúnebre trataría de alcanzar el tren que estaba detenido en esta última estación. Me bajé atribulado, sin poder enterar de nada a mis hijos, a quienes había mandado adelante para que bajaran en Caballito, donde estaba la escuela.
En compañía de unos parientes y allegados, enterramos a mi mujer en el cementerio de Flores, y una sencilla cruz de hierro nombra e indica el lugar de su detención invisible. Cuando volvimos a Flores, todavía encontramos el tren que nos acompañara en tan felices y aciagas andanzas. Me despedí en el Once de mis parientes políticos y, pensando en mis pobres chicos huérfanos y en mi esposa difunta, fui como un sonámbulo a la "Compañía de Seguros", donde trabajaba. No encontré el lugar.


Preguntando a los más ancianos de las inmediaciones, me enteré que habían demolido hacía tiempo la casa de la "Compañía de Seguros". En su lugar se erigía un edificio de veinticinco pisos. Me dijeron que era un ministerio donde todo era inseguridad, desde los empleos hasta los decretos. Me metí en un ascensor y, ya en el piso veinticinco, busqué furioso una ventana y me arrojé a la calle. Fui a dar al follaje de un árbol coposo, de hojas y ramas como de higuera algodonada. Mi carne, que ya se iba a estrellar, se dispersó en recuerdos. La bandada de recuerdos, junto con mi cuerpo, llegó hasta mi madre."¿A que no recordaste lo que te encargué?", dijo mi madre, al tiempo que hacía un ademán de amenaza cómica: "Tienes cabeza de pájaro".

martes, 3 de abril de 2012

LOS DOS MARCELOS (Proust y Schwob)




















Por Luis Alberto de Cuenca

A la memoria de Gabriel

En abril de este año hablé con Bioy Casares.
Le recordé al maestro que en un prólogo suyo de hace cincuenta años
llamó pesado a Proust,
y que en una Postdata al mismo prólogo,
escrita veinticinco años después,
cantó la palinodia:
«¿Qué es eso de matar a quienes más queremos?
Bioy me dijo que, de pequeño, aborrecía a Proust,
pero que luego se hizo mayor y aprendió a amarlo.
Yo le dije que Proust me aburría,
que no me interesaba, ni antes ni ahora, en absoluto.
Bioy entonces me dijo que leyera Albertine Disparue
como si fuera una novela policíaca,
que a lo mejor así empezaba a gustarme A la recherche du temps perdu,
como a todo el mundo sensato.
No he seguido el consejo de A.B.C.
Él se había mostrado irreverente con Proust cuando era joven,
que es cuando se dice la verdad.
Yo no quiero dejar de ser joven.
No soporto la idea de que cualquier enciclopedia
dedique siete páginas a Marcel Proust y siete líneas a Marcel Schwob.
No es justo lo que han hecho con los dos Marcelos.




Luis Alberto de Cuenca: Filólogo, escritor y poeta español, Luis Alberto de Cuenca nació en Madrid el 29 de diciembre de 1950. Como traductor ha recibido premios como el Premio Nacional de Traductores.

Formó parte del gabinete de José María Aznar en el área de cultura, ha sido también director de la Biblioteca Nacional. Como poeta y ensayista, donde ha trabajado siempre en el estudio de la literatura, ha sido traducido a más de cinco idiomas.
Ha recibido diversos premios y galardones, como el Premio de la Crítica de Poesía Castellana en el año 1985 por La caja de plata.







Frases célebres


Marcel  Proust

A cierta edad, un poco por amor propio, otro poco por picardía, las cosas que más deseamos son las que fingimos no desear.

Sólo se ama lo que no se posee totalmente.

A veces estamos demasiado dispuestos a creer que el presente es el único estado posible de las cosas.

El deseo nos fuerza a amar lo que nos hará sufrir.

Para el beso, la nariz y los ojos están tan mal colocados como mal hechos los labios.

El amor es una enfermedad inevitable, dolorosa y fortuita.

Los días pueden ser iguales para un reloj, pero no para un hombre.



Marcel Schwob

Sé justo en el momento preciso. Toda justicia que tarda es injusticia.

La personalidad es al hombre lo que el perfume es a la flor.

El arte es todo lo opuesto a las ideas generales: solo describe lo individual y no desea más que lo único. No clasifica, desclasifica.

Y eso que llamamos amor es el deseo de unirnos, de fundirnos y de confundirnos.




lunes, 2 de abril de 2012

2 DE ABRIL: DÍA DEL VETERANO Y DE LOS CAÍDOS EN LA GUERRA DE MALVINAS

A 30 AÑOS DE LA GUERRA POR NUESTRAS MALVINAS

Acto de los ex-soldados Veteranos de Guerra en el Cenotafio de la Plaza San Martín en el barrio de Retiro

Cenotafio de la Plaza San Martín en el barrio de Retiro




Emoción y recuerdo vivo: entrega de ofrendas florales a los héroes de la Compañía de Comunicaciones Mecanizada 10 (Ca.Com.Mec.10) y del  M28. 

Alocución de Fabián Volonté - VGM



Fotos Franklin H Romero Revilla

viernes, 30 de marzo de 2012

LA FURIA Y LA TRISTEZA

Haciéndose compañía, llegaron una vez la tristeza y la furia a un
estanque mágico para bañarse. Cuando estaban junto al agua, se quitaron
sus ropas y desnudas entraron a bañarse. La furia apurada como
siempre, inquieta sin saber porqué, se bañó y rápidamente salió del
estanque. Pero como la furia es casi ciega, se puso la primera ropa que
encontró que no era la suya sino la de la tristeza.

Vestida de tristeza, la furia se fue como si nada pasara. La
tristeza, tranquila y serena, tomándose el tiempo del tiempo, como si no
tuviera ningún apuro -porque nunca lo tiene- mansamente se quedó en el
agua bañándose mucho rato y cuando terminó, quizás aburrida del agua,
salió y se dio cuenta de que no estaba su ropa. Si hay algo que a la
tristeza no le gusta es quedar al desnudo. Entonces se puso la ropa de
la furia, la única ropa que había y así vestida de furia siguió su
camino.

Cuentan que a veces, cuando uno ve al otro furioso, cruel, despiadado y

ciego de ira, parece que estuviera enojado, pero si uno se fija con
cuidado, se da cuenta de que la furia es un disfraz y que detrás de esa
furia salvaje se esconde en realidad la tristeza.

Tomado del libro "26 Cuentos para pensar" del psicólogo humanista
Jorge Bucay.
http://miscosas.espanaforo.com/t30-la-furia-y-la-tristeza 

jueves, 29 de marzo de 2012

LAS MANOS





En la sala de profesores estábamos comentando las rarezas de Céspedes, el nuevo colega, cuando alguien, desde la ventana, nos avisó que ya venía por el jardín.

Nos callamos, con las caras atentas. Se abrió la puerta y por un instante la luz plateada de la tarde flameó sobre los hombros de Céspedes.
Saludó con una inclinación de cabeza y fue a firmar. Entonces vimos que levantaba dos manos erizadas de espinas.
Trazó un garabato y sin mirar a nadie salió rápidamente.
Días más tarde se nos apareció en medio de la sala, sin darnos tiempo a interrumpir nuestra conversación. Se acercó al escritorio y al tomar el lapicero mostró las manos inflamadas por las ampollas del fuego.
Otro día -ya los profesores nos habíamos acostumbrado a vigilárselas- se las vimos mordidas, desgarradas. Firmó como pudo y se fue.
Céspedes era como el viento: si le hablábamos se nos iba con la voz.
Pasó una semana. Supimos que no había dado clases. Nadie sabía donde estaba. En su casa no había dormido.
En las primeras horas de la mañana del sábado una alumna lo encontró tendido entre los rododendros del jardín. Estaba muerto, sin manos. Se las habían arrancado de un tirón.
Se averiguó que Céspedes había andado a la caza del arcángel sin alas que conoce todos los secretos. Quizá Céspedes estuvo a punto de cazarlo en sucesivas ocasiones. Si fue así, el arcángel debió de escabullirse en sucesivas ocasiones. Probablemente el arcángel creó la primera vez un zarzal, la segunda una hoguera, la tercera una bestia de fauces abiertas, y cada vez se precipitó en sus propias creaciones arrastrando las manos de Céspedes hasta que él, de dolor, tuvo que soltar. Quizá la última vez Céspedes aguantó la pena y no soltó; y el arcángel sin alas volvió humillado a su reino, con manos de hombre prendidas para siempre a sus espaldas celestes.
¡Vaya a saber!


Enrique Anderson Imbert

EXISTE UN HOMBRE QUE TIENE LA COSTUMBRE DE PEGARME CON UN PARAGUAS EN LA CABEZA

 

Por Fernando Sorrentino:

Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza. Justamente hoy se cumplen cinco años desde el día en que empezó a pegarme con el paraguas en la cabeza. En los primeros tiempos no podía soportarlo; ahora estoy habituado.
No sé cómo se llama. Sé que es un hombre común, de traje gris, levemente canoso, con un rostro vago. Lo conocí hace cinco años, en una mañana calurosa. Yo estaba leyendo el diario, a la sombra de un árbol, sentado pacíficamente en un banco del bosque de Palermo. De pronto, sentí que algo me tocaba la cabeza. Era este mismo hombre que, ahora, mientras estoy escribiendo, continúa mecánicamente e indiferentemente pegándome paraguazos.
En aquella oportunidad me di vuelta lleno de indignación (me da mucha rabia que me molesten cuando leo el diario): el siguió tranquilamente aplicándome golpes. Le pregunté si estaba loco: ni siquiera pareció oírme. Entonces lo amenace con llamar a un vigilante: e imperturbable y sereno, continuó con su tarea. Después de unos instantes de indecisión y viendo que no desistía de su actitud, me puse de pie y le di un terrible puñetazo en el rostro. Sin duda, es un hombre débil: sé que, pese al ímpetu que me dictó mi rabia, yo no pego tan fuerte. Pero el hombre, exhalando un tenue quejido, cayó al suelo. En seguida, y haciendo al parecer, un gran esfuerzo, se levantó y volvió silenciosamente a pegarme con el paraguas en la cabeza. La nariz le sangraba, y, en ese momento, no sé por qué, tuve lástima de ese hombre y sentí remordimientos por haberle pegado de esa manera. Porque, en realidad, el hombre no me pegaba lo que se llama paraguazos; más bien me aplicaba unos leves golpes, totalmente indoloros. Claro está que esos golpes son infinitamente molestos. Todos sabemos que, cuando una mosca se nos posa en la frente, no sentimos dolor alguno: sentimos fastidio. Pues bien, aquel paraguas era una gigantesca mosca que, a intervalos regulares, se posaba, una y otra vez, en mi cabeza. O, si se quiere, una mosca del tamaño de un murciélago.
De manera que yo no podía soportar ese murciélago. Convencido de que me hallaba ante un loco, quise alejarme. Pero el hombre me siguió en silencio, sin dejar de pegarme. Entonces empecé a correr (aquí debo puntualizar que hay pocas personas tan veloces como yo). Él salió en persecución mía, tratando infructuosamente de asestarme algún golpe. Y el hombre jadeaba, jadeaba, jadeaba y resoplaba tanto, que pensé que, si seguía obligándolo a correr así, mi torturador caería muerto allí mismo.
Por eso detuve mi carrera y retomé la marcha. Lo miré. En su rostro no había gratitud ni reproche. Sólo me pegaba con el paraguas en la cabeza. Pensé en presentarme en la comisaría, decir: "Señor oficial, este hombre me está pegando con un paraguas en la cabeza." Sería un caso sin precedentes. El oficial me miraría con suspicacia, me pediría documentos, comenzaría a formularme preguntas embarazosas, tal vez terminaría por detenerme.
Me pareció mejor volver a casa. Tomé el colectivo 67. Él, sin dejar de golpearme, subió detrás de mí. Me senté en el primer asiento. Él se ubicó, de piel, a mi lado: con la mano izquierda se tomaba del pasamanos; con la derecha blandía implacablemente el paraguas. Los pasajeros empezaron por cambiar tímidas sonrisas. El conductor se puso a observarnos por el espejo. Poco a poco fue ganando al pasaje una gran carcajada, una carcajada estruendosa, interminable. Yo, de la vergüenza, estaba hecho un fuego. Mi perseguidor, más allá de las risas, siguió con sus golpes.
Bajé -bajamos- en el puente del Pacífico. Íbamos por la avenida Santa Fé. Todos se daban vuelta estúpidamente para mirarnos. Pensé en decirles: "¿Qué miran, imbéciles? ¿Nunca vieron a un hombre que le pegue a otro con un paraguas en la cabeza?" Pero también pensé que nunca habrían visto tal espectáculo. Cinco o seis chicos nos empezaron a seguir, gritando como energúmenos.
Pero yo tenía un plan. Ya en mi casa, quise cerrarle precipitadamente la puerta en las narices. No pude: él, con mano firme, se anticipó, agarró el picaporte, forcejeo un instante y entró conmigo.
Desde entonces, continúa golpeándome con el paraguas en la cabeza. Que yo sepa, jamás durmió ni comió nada. Simplemente se limita a pegarme. Me acompaña en todos mis actos, aun en los más íntimos. Recuerdo que, al principio, los golpes me impedían conciliar el sueño; ahora, creo que, sin ellos, me sería imposible dormir.
Con todo, nuestras relaciones no siempre has sido buenas. Muchas veces le he pedido, en todos los tonos posibles, que me explicara su proceder. Fue inútil: calladamente seguía golpeándome con el paraguas en la cabeza. En muchas ocasiones le he propinado puñetazos, patadas y -Dios me perdone- hasta paraguazos. Él aceptaba los golpes mansamente, los aceptaba como una parte más de su tarea. Y este hecho es justamente lo más alucinante de su personalidad: esa suerte de tranquila convicción en su trabajo, esa carencia de odio. Esa, en fin, certeza de estar cumpliendo con una misión secreta y superior.
Pese a su falta de necesidades fisiológicas, sé que, cuando lo golpeo, siente dolor, sé que es débil, sé que es mortal. Sé también que un tiro me libraría de él. Lo que ignoro es si, cuando los dos estemos muertos, no seguirá golpeándome con el paraguas en la cabeza. Tampoco sé si el tiro debe matarlo a él o matarme a mí. De todos modos, este razonamiento es inútil: reconozco que no me atrevería a matarlo ni a matarme.
Por otra parte, últimamente he comprendido que no podría vivir sin sus golpes. Ahora, cada vez con mayor frecuencia, tengo un presentimiento horrible. Una profunda angustia me corroe el pecho: la angustia de pensar que, acaso cuando más lo necesite, este hombre se irá y yo ya no sentiré esos suaves paraguazos que me hacían dormir tan profundamente.


Fuente: SORRENTINO, FERNANDO, Imperios y servidumbres. Barcelona, Seix Barral, 1972 (págs. 11-14)

MALVINAS: La Pos Guerra: Una dura batalla